Aniversario
Cosas que pasan

¿Felicidades o enhorabuena?

Gente que no me habla en todo el año me desea toda la felicidad del mundo mundial, me soplan purpurina desde sus manos pegajosas y se me mete en los ojos.

Hoy es mi cumpleaños. Cada año por estas fechas tengo que volver a memorizar cuántos años tengo. Como si aprenderme mi número de teléfono, el de la oficina, mi DNI, el PIN del banco, el del móvil, el del otro banco que casi no uso pero a veces… pues mira, sí. La contraseña del ordenador, la de las 4 redes sociales de turno, mi código postal, mi número de pie, la talla correcta de sujetador, la matrícula del coche, la cantidad exacta del alquiler, cuánto le debo del café, qué día me tiene que bajar la regla, el número del teletaxi, seis cumpleaños de familiares y/o amigos seleccionados al azar y cuántas medidas de harina lleva el bizcocho no fuese suficiente.

No me haré de rogar. Lo digo. Tengo casi treinta (este dato me parece importante para que me veáis como una jovenzuela dramática que qué sabrá ella de la vida y de cumplir años, pues mire usted, nada, pero es mi cumpleaños y hablo de mis cosas, poco importantes, pero de mis cosas). Al cumplir los 25 años, decidí asumir mi realidad y empecé a tener “casi treinta” pero ahora es super-muy-casi-prácticamente treinta. TREINTA. El tres. Y después el cuatro. Y el cinco. Madre mía con el cinco. Y luego el seis, el siete y el ocho. Y con suerte el nueve. Y el diez de regalo. La segunda juventud, la primera madurez y con la broma, la tercera década.

Yo, que soy de la corriente filosófica negativa, del vaso medio vacío, del podría ser peor pero también mejor y del “pues nada, un año menos” cada Nochevieja, creo que cumplir años al final es gastar munición. Porque los años no se cumplen, se gastan. Son balas que vas disparando con más o menos suerte, arte y desparpajo.

¿Se dice cumplir años porque en el espacio de 365 días deberíamos CUMPLIR COSAS? No sé… retos, sueños, promesas, deseos… dietas. Si en lugar de años cumpliésemos cosas, yo no sería mayor de edad, ya os lo digo. Y es una pena. Pasan los años por mí pero yo a veces no paso por esos años. O paso sin ruido, sin molestar, sin incordiar, sin sorprender, sin dejar huella. Vamos, que paso por pasar. Como los años.

Llevo “gastados” menos años de los que aparento y pero confío en que me quedan muchos más de los que parecen. Cada vez estoy más convencida de que debo pasar por los años pisando fuerte, como Alejandro Sanz… que muy mal no le ha ido. Por eso, una semana antes de cada 8 de abril me recuerdo que esa semana será la última con esa edad. Que nunca más volverán. Que nunca ha estado aquí, que todas las promesas que hizo no eran de verdad. Que a saber dónde estaré esta misma semana dentro de un año. Intento captar cada momento. Achino los ojos para recordar todas y cada una de las sensaciones pero lo único que consigo es un dolor de cabeza que me hace sentir mayor y que me digan que igual lo que necesito son gafas.

El otro día estuve en casa de mis padres viendo una cinta de vídeo con mi quinto cumpleaños. La gente (muchísima, demasiada, más de la que pienso invitar a mi boda si es que algún día se da el caso) me cantaba en bucle ese fandango del cumpleaños feliz pero yo hasta que la cámara no me enfocaba no soplaba las velas. Mi hermano, con año y medio estaba a mi lado y todo el mundo le decía que soplase conmigo pero yo muy hábilmente me preocupaba por apagarlas todas yo sola (que para eso era mi cumpleaños). Al apagarse las velas me vi a mí hace unos años, en casa, sola, en una ciudad que no era la mía, llovía y hacía muchísimo frío. Y yo ahí, soplando un número aleatorio que me había encontrado en aquella casa pinchado sobre una Pantera Rosa que había comprado en el chino de vuelta a casa después de una reunión eterna. Me puse el pijama, me remetí con cuidado los calcetines desparejados en el pantalón, me eché la manta por los hombros y me encendí la vela con una cerilla. Yo estaba feliz, os lo juro. Nadie me cantaba ni me aplaudía ni me pedía que abriese primero su regalo.

Puede parecer un cumpleaños triste pero no lo fue, no me sentía sola y como cada año pude pedir un deseo. ¿Qué importaría celebrar años rodeado de gente si tú estás ausente? ¿Qué importa que no haya nadie que aplauda? ¿Qué importa que esa Pantera Rosa estuviese caducada desde hace cuatro meses?

¿Y sabéis por qué no me sentía sola? Porque no lo estaba. Estaba con mi hermano al otro lado del ordenador, en una ventanita de Skype, mis padres al teléfono, tenía cinco regalos de mis amigas por abrir, un sobre lleno de fotos que me habían enviado un par de semanas antes, el Whatsapp repleto de deseos y emoticonos tan divertidos como absurdos, un Facebook con 78 notificaciones de conocidos y desconocidos. Gente que no me habla en todo el año me desea toda la felicidad del mundo mundial, me soplan purpurina desde sus manos pegajosas y se me mete en los ojos. Pero, ¿y qué? ¡Es mi cumpleaños! No entiendo cuando os quitáis el cumpleaños de Facebook o bloqueáis comentarios, ¿hay algo mejor que el amor ajeno el día de tu cumpleaños?

Mi truqui-consejo del día es que cumpláis algo más que años. Y que lo celebréis siempre, cualquier día del año. Solos o acompañados. Con Panteras Rosas o chupando un limón. No esperéis a celebrar el día que asomasteis la cabeza por ese agujero negro porque eso no os hace especial. Podría haber sido el 8 de abril o el 30 de marzo.

Cumplir años para que os deseen felicidad. Cumplid cosas para que os den la enhorabuena por haberla conseguido.

Bueno, no sé. Olvidaos de todo lo anterior y felicitadme, que me da gusto.

A vuestra salud.

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PaulaPor
Paula

Publicista. Parezco normal, pero no.

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