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Sociedad

Ese niño que aún llevamos dentro

El caso es que me da la sensación de que hay un punto que prácticamente ninguno recordamos en el que, de repente, la vida se vuelve complicada.

Ayer vi a Josh Hutcherson en una cafetería de Malasaña a la que voy bastante. Sí, el de The Hunger Games. El que hace de Peeta. Y, por un momento, me sentí como si estuviese muerto por dentro. Os lo juro.

Cierto es que aunque he visto todas las películas y me gustan bastante, no soy un tremendísimo seguidor de la saga, por lo que podría entenderse mi falta de entusiasmo.

No obstante, y sin ir más lejos, el Dave de hace unos cuantos años hubiese entrado en cólera al estar en la misma sala que él o cualquier otra estrella de Hollywood de su mismo calibre, fuese o no seguidor suyo. El que me conoce sabe que siempre me ha gustado mi dosis de cultura pop. Y fue lo que me hizo preguntarme, ¿pero qué me está pasando? Intenté hacer una introspectiva de mi vida y recordar en qué momento algo en mí hizo click y dejé de ser el tipo de persona que monta un espectáculo al ver a un famoso para pasar a ser quien soy ahora. Intenté recordar en qué momento maduré, y no pude.

Obviamente, no es más que una situación que se dio y que me llevó a pensar y a relacionarla con otras cuestiones. Todos nos hacemos mayores, por supuesto; pero muchos lo hacen sólo numéricamente. En su interior, siguen ilusionándose con las mismas cosas que cuando eran niños y siguen teniendo esa cándida inocencia propia de la infancia en la que, literalmente, se cree que todo es posible. ¿Que no? Con cuatro o seis años nos cuentan que hay un señor que la noche del 24 de Diciembre, en apenas ocho horas, tiene tiempo de pasar por cada casa de cada ciudad de cada país (desarrollado) y dejarle al niño que se ha portado bien exactamente aquello que ha pedido. Y nos lo creemos. Por favor. Ni los chinos son tan eficientes.

Luego, nos enteramos de la verdad (normalmente por parte del chulillo de la clase, que no tiene reparo alguno en reírse de esa inocencia en tu cara. Quince años después te lo encuentras poniendo hamburguesas en el McDonald’s cuando vuelves de visita a tu pueblo y, aunque sabes que no deberías porque no hay que guardarle rencor a un niño, no puedes evitar pensar que ha sido justicia divina, y nuestra alma se endurece un poquito. Se vuelve un poquito más cínica. Y ese, amigos míos, es sólo el comienzo de un camino que te llevará no sólo a no creer que todo sea posible, sino a dudar de ti mismo y de tu capacidad para conseguir cosas insignificantes (en comparación con tus posibilidades, quiero decir) con mucha más frecuencia de la que te gustaría.

Por eso hoy, os propongo un ejercicio. No voy a decir lo típico de “dedicadle cinco minutos diarios” ni ninguna de esas mamarrachadas. No hace falta que lo hagáis todos los días. Ni todas las semanas. Esto no es un DVD de fitness y yo no soy Jane Fonda. Pero sí de vez en cuando. Sobre todo, cuando realmente os haga falta:

Intentad recuperar el niño que lleváis dentro y dejad que sea él quien sueñe y, sobre todo, decida por vosotros.

Ay Marta, ¿que tu novio te acaba de ser infiel y no te ves capaz de pasar página? Piensa que Martita, que era como te llamaba tu abuela, creía en los unicornios. En putos unicornios, ¿vale? ¿Vas a dejar que una niña de cinco años tenga más cojones que tú? No lo creo.  Olvídate de Marta y trae a Martita de regreso a la vida. No pienses en imposibles, limitaciones o en consecuencias. Sé fiel a esa parte más pura de ti, la que se ha ido nublando y desapareciendo con los años. Ten fé ciega, como la tienen los críos.

Dicen que los niños y los borrachos son los únicos que siempre dicen la verdad, y yo creo que es porque ninguno de los dos está condicionado por las imposiciones sociales que conforme pasan los años vamos, en la mayoría de los casos, adquiriendo por elección propia.

Ejemplo: no quieres ir a la boda de tu primo porque hace como diez años que no te hablas con ese lado de la familia, pero te sientes en el compromiso porque se ha tomado la “molestia” de venir a traerte la invitación personalmente a casa. De modo que no sólo vas, sino que además eres tan gilipollas que te gastas un dinero que no tienes (o que tienes y bien podrías gastarte en tu propio disfrute) en comprarte algo que llevar y en ponerles un sobre para que al menos tu cubierto no les haya costado nada. Gilipollas, que eres gilipollas. Un niño jamás haría eso. Y un borracho muchísimo menos. Bueno, un borracho sí. Pero por la barra libre, y esa es otra historia. Centrémonos.

El caso es que me da la sensación de que hay un punto que prácticamente ninguno recordamos en el que, de repente, la vida se vuelve complicada. Pasamos de rebobinar el VHS de aquella película que tanto nos gustaba y verla una y otra vez la misma tarde a ponernos discos de listenings de inglés en el coche para ver si aprendemos algo, que hay que ponerse al frente de la competencia. Nuestros días y agendas se llenan de cosas que realmente no queremos hacer pero que hacemos porque “son parte de lo que implica el hacerse mayor”. Y lo entiendo, de verdad que sí. Pero de todas esas cosas, menos de la mitad son verdaderamente obligatorias y el resto son peso que voluntariamente cargamos en nuestra espalda “por compromiso”.

¿Y qué queda de aquello de ser felices? Esa era nuestra única obligación de pequeños, lo que nuestros padres querían para nosotros. Los años habrán pasado, de acuerdo, pero me da en la nariz que nos iría mucho mejor si de vez en cuando, sólo de vez en cuando, nos olvidásemos de ser adultos e hiciésemos aquello que han de hacer los niños:  ilusionarnos, jugar y ser felices.

Ale, con Dios y por la sombra.

P.D: Desde aquí me gustaría también proponer una plataforma de crowdfunding para comprarle a Dave un portátil nuevo. Ha muerto y estoy usando el Mac americano de una amiga. Mac. Americano. Sin tildes. “Cuéntame cómo pasó” lleva menos en antena de lo que he tardado yo en escribir este artículo. Oye, yo lo dejo caer y si cuela…

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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2 COMENTARIOS

  1. Avatar de ZarcoZarco

    sublime la segunda mitad del post, no podría explicarlo mejor. la vida tiene dificultad a dos niveles: lo inevitable, que viene dado y lo que queremos meter, que suele superar a lo primero. cuando sabes suprimir lo segundo la vida te sonríe!

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