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Relaciones

En defensa de los “débiles”

La gran mayoría siguen allí porque ya no le interesan a nadie.

Yo tenía cuatro años. O cinco, como mucho. Mi madre y yo íbamos de camino al dentista a que me arrancase un diente. Un diente de leche. La cosa no hubiera tenido más importancia si no fuese porque era la tercera vez que íbamos al mismo médico: las dos anteriores me había arrancado los dientes equivocados.

Sé que suena raro. Pero en la URSS no tenías mucha elección con los médicos de tu ciudad. Y, aunque se había equivocado las veces anteriores, el mismo dentista de antes me tenía que arrancar el tercer diente. El “correcto”, el que me tenía que haber arrancado desde el principio.

Las dos visitas anteriores no lloré. Mi madre, de camino a la consulta, no paraba de repetirme: “Eres una heroína. Eres una niña muy valiente y seguro que lo superarás estoicamente.” Y yo era una heroína, anda si lo era. No derramé ni una sola lágrima.

Esa vez, la tercera, la cosa cambió. Cuando mi madre estaba a punto de abrir la boca para decírmelo de nuevo, me eché a llorar. «Mamá», le supliqué, «ya no quiero ser una heroína, estoy cansada ser una heroína, tengo miedo y necesito llorar».

Mi madre se echó a llorar conmigo.

Cada vez que me cuenta esa historia, me dice que aquel día la emocioné. Y es que ella también estaba cansada de ser una madre todoterreno, una esposa todoterreno y una profesional todoterreno.

Estaba cansada, pero sabía muy bien que este mundo no le sonríe a los débiles. Este mundo es para los valientes, nos dicen, como si ser valiente tuviese algo que ver con ser exitoso. Qué cosas tan crueles nos inyectan desde muy pequeños. Qué cosas.

Y así crecimos, bajo la presión de tener que superarnos cada día, de tener ambiciones, de esforzarnos mucho mucho, porque nos cuentan por ahí- por ahí en todos lados- que sólo las cosas que se consiguen con un esfuerzo enorme son las que valen la pena. Así que nos esforzamos. Nos esforzamos mucho. Nos esforzamos tanto que nos quedamos sin aliento. Pero seguimos. Porque parece que cansarse de la ambición diaria es vergonzoso, mal visto, hasta lamentable.

No valoramos a la gente que luchó. Qué va. Apreciamos sólo y exclusivamente a la gente que luchó y no se cansó. A los que lo consiguieron, al fin y al cabo. Entrevistamos a las personas que superaron el cáncer, a los que tuvieron éxito en una empresa, a los que salieron vivos de una guerra o un bache agudo. ¿Y quién escribe sobre los que se quedaron a medio camino? ¿Quién habla-con admiración por su lucha y, a veces, por su posterior cansancio de luchar- de los que se quedaron allí? De los que se murieron porque ya no podían más. De los que no corrieron porque ya no veían significado a vivir. De los que abrieron una empresa, se vieron obligados a cerrarla años después y de los que no remontaron jamás.

Ellos son el pasado silencioso, poco comercial, poco motivador y todavía menos interesante.

Puede que no fascinen tanto, pero deberían. Ellos también fueron valientes. Tiraron la toalla, pero lo fueron. Con menos intensidad (o no), pero lo fueron. Y su fortaleza no tiene nada que ver con salir ilesos de la batalla. Su fortaleza es superior que la de ser un ganador.

Vivimos en un mundo en el que lo contrario de tener éxito es ser fracasado, en el que el antónimo de “valiente” es “débil”. Un mundo cruel ese, el nuestro. Un mundo lleno de héroes anónimos y luchadores desconocidos. Es un mundo en el que manifestar la debilidad es algo que acaba haciendo a los demás sentirse algo incómodos.

Ayer recibí un mail de una lectora. Un mail precioso, por cierto, que me conmovió. Espero que su autora me perdone que lo mencione, pero dijo algo importante: decía que se sintió intimidada cuando os conté, abiertamente, lo que me pasó, cuando hablé de mi ruptura y del porqué de haberlo mandado todo a la mierda. La intimidó, pero a la vez le gustó, porque le hizo ver que yo era humana.

Es curioso, ¿verdad? Nos intimida ver un sufrimiento. Quizás hasta un punto nos confunde, nos hace sentirnos incómodos, nos obliga a crear una opinión sobre algo a lo que no estábamos preparados. El efecto que produce una frustración pública me parece una maravilla.

Me entristece pensar que yo, recuperada de una depresión, seré una de estas heroínas de las que se podrá coger un ejemplo. Porque, al fin y al cabo, pude remontar mi vida.

Pero para mí lo son todos y cada uno de aquellos que sufrieron, independientemente del resultado de su batalla. Y me encantaría poder saber los nombres de los que se quedaron por el camino. Aquellos nombres que nadie pronuncia.

Y es que la gran mayoría siguen allí porque ya no le interesan a nadie.

La verdadera fortaleza no está en el éxito. Está en seguir luchando, a pesar de que las estadísticas no estén a tu favor. Porque de la misma forma que no eres tonto por decir una tontería, no eres fracasado por haber tenido un fracaso.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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4 COMENTARIOS

  1. Vanessa

    Qué cierto es! Yo también estoy totalmente harta de ser una heroína… y esas creencias autoimpuestas de que para conseguir algo hay que esforzarse y sufrir nos hace más daño que el propio sudor… en fin… gracias por este post porque me ha removido por dentro… gracias.

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Ni por un fracaso ni por doscientos.

    Pongamos frente a frente dos modos de vivir la vida: el primero, sin arriesgar, sin hacer más que lo que se nos da bien, o protegiéndonos contra el amor; no intentando nada, no conociendo a nadie que no sean nuestros amigos de siempre. Y el segundo, el que se lanza a la piscina de los amores eternos que luego puede ser que duren un día; el runner con sobrepeso que se apoya a esputar en un tronco cuando lleva tres minutos, el tímido enfermizo que cruza la barra a comerse el “quita bicho”. ¿Quién tiene más probabilidad de acumular fracasos, en el sentido “clásico “, y quién realmente el fracasado?

    En la vida, si arriesgas, recibes porrazos, sí, pero también sorpresas. No es cuestión de ir ahí a lo loco tirándose de cualquier acantilado anclado por un sedal, pero un cierto grado de inseguridad buscada yo creo que es conveniente. Y el fracaso… está en nuestras cabezas, en realidad. A veces veo gente hacer el ridículo y yo me muero de vergüenza ajena, pero ellos no, y entonces me muero de envidia y la vergüenza se muda en admiración, por ejemplo, porque ellos en realidad son triunfadores. Del disfrute, que es lo que cuenta.

  3. monsieur le sixmonsieur le six

    En efecto, centrar el foco en aquellos a los que la apuesta les sale bien, da una visión sesgada de las cosas.

    Siempre sale por la tele la gente a la que le ha tocado el Gordo de Navidad, pero ¿y los miles que se han gastado sus 20€ para nada? Pero claro, si lo sacan, la gente no jugaría tanto.
    Siempre se habla del emprendedor triunfador, de empresas inicialmente modestas como Google, o facebook; pero no se dice el altísimo porcentaje de negocios que fracasan. Porque si se dice, la gente no emprendería tanto.
    Se explota hasta la saciedad la figura del futbolista millonario, del Cristiano Ronaldo de turno; pero ¿y los miles de chavales que, después de dedicar años de entrenamiento, nunca llegaron a nada, o peor, cuando estaban llegando se lesionaron y debieron retirarse?
    Se hacen cuentos sobre princesas que encuentran el amor, ninguna acaba sola en una casa llena de gatos.

    La realidad la forman ambas cosas. Hay casos de éxito, y muchos más de fracaso. Incluso una misma vida acumula éxitos y fracasos continuamente. Hay que saber quedarse con ambos, disfrutar los primeros y aprender de los segundos. Sin complejos, porque todos nosotros somos triunfadores en algunas cosas y fracasados en otras.

  4. Javier

    A casi todos los hombres, y en la mayoría de los casos, se nos ha educado para no flaquear, para no desfallecer y para ocultar siempre nuestras debilidades y fracasos.
    A las mujeres se les pide que lo den todo en la empresa donde trabajan y además supermadres que tengan a sus hijos siempre a punto de todo.
    Este artículo nos revela, no nuestra debilidad, sino nuestra maravillosa humanidad y bendita imperfección.

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