El lápiz amarillo que tanto buscamos
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El lápiz amarillo que tanto buscamos

Pasé media hora intentado de encontrar el lápiz amarillo. Metí la cabeza debajo de la cama, levanté el cojín, removí todos los trastos acumulados en la mesita de noche. Me levanté de la cama, a pesar de su “no hace falta, está por aquí”.

Era demasiado alto para sus doce años. Rubio, con unos hoyuelos que conquistaban a todas las niñas del cole, tenía dos defectos: era extremadamente culto y- lo que era mucho más grave- era mi vecino. No, tenía más bien tres defectos. El tercero era todavía más molesto: era mi pareja en bailes de salón.

¡Ay, los bailes de salón a los que regalé mis once años de adolescencia! Había empezado a bailar cuando tenía seis años. La idea era de mi padre, un militar soviético. Es curioso, pero en mi familia mi madre, que jugaba en un equipo de baloncesto, era un hombre y mi padre, campeón de bailes de salón- la mujer. Mi padre sabía coser y me hacía unos vestidos increíbles. Mi madre pintaba las paredes y gestionaba todo el dinero de la familia. Cuando cumplí cinco años, decidieron que, además de estudiar idiomas, debería hacer algo diferente. Mi madre se empeñó en llevarme a la escuela de música para que aprendiese tocar el violín, mi padre insistió en que bailase. Fue la única vez que ganó la batalla. Y unos años más tarde yo era la reina del tango.

Mi primera pareja de baile olía a cebolla. Andrey se llamaba. Comía cebolla a todas horas y eructaba durante las clases. Gracias a su extraña afición, era la única que sabía aguantar la espalda recta e inclinar mi cuerpo hacia atrás durante las cuatro horas de entreno. El tango me salía fantástico. Dos años más tarde Andrey decidió que bailar era cosa de mujeres. En la URSS la palabra “maricón” todavía no existía, así que mi Chipolino me dijo: “No quiero ser una nenaza”, y me abandonó, dejándome fuera del campeonato dos semanas antes. Maldito capullo.

Dado que no podía seguir con el entreno bailando sola, mi madre se dedicó, a lo largo de los próximos seis meses, a buscarme la nueva pareja. Esa costumbre la sigue manteniendo hasta ahora. Una vez me separo, se pone las manos a la obra.

Fue la única vez que lo consiguió. Mi vecino de abajo resultó estar dispuesto a ser una nenaza. Y así empezó nuestra amistad. Se llamaba Vladlen, en honor a Vladimir Lenin. Entiendo porque hoy en día se hace llamar Vlad, sin especificar. Yo de él me hubiera cambiado de nombre en el 92, como mínimo. Nos queríamos como hermanos, cocinábamos juntos, me recitaba las poemas que le escribía a Irina, una niña que, años más tarde montó su despacho jurídico en Nueva York. Estos dos pasaron la vida compitiendo para ver quién era el más inteligente. Vladlen, por pura tozudez, acabó dirigiendo un banco en Londres. Pero esto es lo de menos.

Irina no le quería y Vladlen se moría de amor. Ese fue el detalle que nos unía. Yo odiaba a Irina y me alegraba un montón de su amor no correspondido.

Nuestra amistad se terminó cuando me di cuenta del cuarto defecto que tenía el vecino: su madre. Olga vivía esperando que nos casemos y, una vez lo verbalizó, dejamos de hablarnos. Hasta el año pasado. Ya se sabe: cuando la gente tiene muchas ganas de que te juntes con alguien, acabas rechazándolo sólo por llevar la contraria.

Pero el tema de este post no está relacionado con ninguna de las cosas que os he contado hasta ahora. Va de otra cosa. Va de una reflexión que tuvo aquel chiquillo de doce años de edad.

Había una epidemia de gripe en mi ciudad. Sí, epidemia. El 70% de la ciudad cayó enferma. Una gripe muy rara, “importada” de un país asiático. Dadas mis defensas, habría apostado lo que fuese a que fui de las primeras en pillarla. Estaba agonizando en mi cama, con 40 de fiebre desde hacía más de dos semanas, agotada en todos los sentidos de la palabra. Vladlen, sin miedo alguno, vino a visitarme. Me trajo mandarinas, un libro de Dickens y mil horas de historias divertidas que traducía de todos los idiomas que sabía hablar.

- Tienes los labios cortados de fiebre- me dijo y me sonrojé por la primera vez en mi vida por el simple hecho que un chico, por muy vecino, nenaza y amigo que fuese, me mirase los labios.

- Ya. Supongo que es por la fiebre- le respondí avergonzándome de que me viese en pijama de elefantitos y con ojeras.

- Va, te propongo un juego. Date la vuelta y yo voy a esconder ese lápiz en tu habitación. Lo esconderé lo suficientemente cerca para que puedas encontrarlo sin tener que levantarte de la cama. Dentro de tu campo visual. ¿Trato hecho?

- ¡Menudo juego! ¿Para qué?

- Quiero hacer un experimento- me respondieron sus hoyuelos. Y cedí.

- Ya está. Búscalo- y me guiñó el ojo.

Pasé media hora intentado de encontrar el lápiz amarillo. Metí la cabeza debajo de la cama, levanté el cojín, removí todos los trastos acumulados en la mesita de noche. Me levanté de la cama, a pesar de su “no hace falta, está por aquí”. Lo busqué en las estanterías, en el jarrón, entre las camisetas dobladas, debajo de alfombra. Nada de nada.

- Me rindo.

- No te creo.

- Me rindo, en serio. Cuéntame, dónde narices lo has metido.

-No te lo voy a decir- me respondió riendo- ya lo verás.

Y salió de la habitación.

Tres días más tarde, me desperté por la mañana, estiré la mano para coger el libro que me dejó Vladlen al lado de la radio y lo vi. Estaba justo al lado. A un metro de mí, puesto en el mismo vaso de plástico en el que tenía el termómetro para medir la fiebre y todas las pastillas que me tomaba cada cuatro horas. No daba crédito.

Aquella misma tarde volvió a venir y lo primero que me preguntó, fue:

- ¿Has encontrado el lápiz?

- Es una trampa. Seguro que has venido mientras estaba durmiendo y me lo has dejado aquí. ¡No puede ser!- exclamé enfadada.

- En absoluto. Veo que mi experimento da resultados.

- ¿A qué te refieres?

- Fácil: a veces nos pasamos buscando algo y está ahí, delante de nuestras narices.

No sé hasta qué punto fue una declaración de amor adolescente, pero la reflexión en sí me afectó.

Conozco a mucha gente que pasa años buscando de todo: la solución a un problema, el zapato perfecto, la felicidad, el amor y hasta a sí misma. Se ríen de esto que dicen “cuando menos te empeñes en encontrarlo, ahí estará”. Se ríen y siguen buscando, defendiéndose con un “el que busca, encuentra”. Pero muchos, la gran mayoría, no se dan cuenta de que la solución a su problema está al alcance de su mano. Que el zapato perfecto es aquel, comprado hace temporadas, que sigue en el zapatero de toda la vda. Que la felicidad está ahí, entre las cosas cotidianas que viven todos los días. Que el amor es el lápiz amarillo chillón esperándoles pacientemente mientras se rompen el cuello buscándolo por todos lados. Que buscarse a sí mismos es una pérdida de tiempo. Es como intentar encontrar carne en una hamburguesa de ternera. Suena estúpido, ¿cierto? La hamburguesa ya es carne. Y ellos ya son lo que buscan y creen no encontrar.

La vida es esto: lo que nos pasa cada día. Todo aquello con lo que aseguramos soñar es lo que nos rodea.

Las cosas que más alegría me han aportado a lo largo de mi vida fueron las más simples. Las más cercanas. Las que estaban delante de mis narices años tras años. Incluso encontré lo que no tenía cuando dejé de empeñarme en buscarlo. Todo- absolutamente todo lo que podía hacerme feliz- es lo mismo que antes, pero por estar ciega, me dejaba indiferente.

 Vladlen cogió la gripe asiática. Y yo sigo guardando aquel lápiz amarillo.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Todo- absolutamente todo lo que puede hacerme feliz- es lo mismo que antes, pero por estar ciega, me dejaba indiferente.”

3 COMENTARIOS

  1. Avatar de PrimaveraPrimavera

    Me ha encantado el relato! Muy parecido al Alquimista, de Paulo Coelho, en el que el protagonista viaja por África buscando la felicidad, el amor, etc. y de vuelta a casa se lo encuentra en su propio hogar. Creo que a veces deberíamos dejar de lado tanto pensamiento y vivir más las pequeñas cosas que la vida nos regala.

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