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Sociedad

El hipsterismo no ha muerto, queridos

En mi barrio (muy auténtico y, por lo tanto, muy hipster) tenemos a dos Audreys, cinco Gretas y hasta a una Marilyn. Esa última tiene la mitad de curvas y doble de depresión que Monroe, pero es maja.

El otro día leí en post de Jaime Rubio Hancock “El hipsterismo (por fin) ha muerto”. Me reí un buen rato, de ellos, de mí, de todos nosotros en general. El fenómeno, como poco, es divertido. Pero muy a mi pesar, no puedo estar de acuerdo con eso de que “se les está acabando el chollo”. No, querido Jaime, no. Hace unos cinco años las malas lenguas decíamos que los ego bloggers estaban a punto de quedarse en el olvido. Y mira tú por dónde: ahí están, triunfando como Coca Cola. Se nos olvida de que las niñas que tenían 10 años hace 5 ahora tienen 15, y quieren vestirse como ellas y comprar lo que compran ellas.

Entonces es cuando me planteo que algo habrán hecho mínimamente bien para poder vivir como viven y hacer lo que más les sale del… codo. O, quizás, algo hemos hecho mal nosotros, como sociedad, para que los libros ya no se vendan tanto.

Da igual. Eso ya da igual. La cuestión es que los modernos, los hipsters o llámalos como quieras, son el nuevo “out” que seguirá siendo “in” durante los próximos x- años. Nos guste o no.

A veces, cuando veo a las jóvenes abuelitas de mi barrio, me siento mayor. La frase disparatada donde las haya: “cuando veo a las jóvenes abuelitas de mi barrio, me siento mayor.”  Bravo, Alena, bravo.

Me digo eso de que “yo a su edad estudiaba”, y me parto la caja yo sola.

Rebobinemos. A lo moderno.

Con 17 años de edad entré en una universidad muy guay, donde todo el mundo era muy guay y yo no era tan guay como ellos. Encima, en la capital. Y sí, yo también me ponía unas plataformacas de escándalo y me teñía el pelo de colores que no tenían nombre, leía a Auster y me creía más lista que todos mis profesores juntos. Los habría vendido 2 por 1, de lo poco que me aportaban a nivel de conocimiento. Tócate los huevos. Mis compis pijos se emborrachaban en mi piso de alquiler, porque vivían todavía con sus padres. Así estudiábamos juntos: leyendo una página sí, otra no, de los aburridísimos apuntes que nos dictaban los imbéciles aquellos que, por alguna extraña razón, encima tenían derecho a no aprobarme.

Ves, Alena, tú también lo viviste. Tú también te buscabas. Tú también te encontrabas en las películas de versión original y las canciones que nadie conocía. Todo es pasajero.

Las miro, a las de la frase disparatada aquella, y me hacen gracia: ya se os pasará.

Los curiosos son lo otros, los que ya ni se acordaban de sus épocas universitarias por lo lejos que les quedaba, los que seguían atrapados en el bucle hasta que encontraron una buena salida: ser hipster, hacer fotos con efecto polaroid, desayunar en lugares de viejos y comprarse la ropa por cuatro duros que huele a piso del siglo XVIII.

En mi barrio (muy auténtico y, por lo tanto, muy hipster) tenemos a dos Audreys, cinco Gretas y hasta a una Marilyn. Esa última tiene la mitad de curvas y doble de depresión que Monroe, pero es maja. No, no, en serio: es muy maja. A veces llora adentro de su gin tonic, pero cuando la pillas de buen humor, es la caña.

Tenemos también a nuestro propio Terry Richardson.

Los tenemos a todos: con sus afters y sus drogas, sus uñas de colores, camisas de cuadros y calcetines de rayas por encima del pantalón. Sus fiestas de inauguraciones de un futuro centro de noséqué, celebradas en locales rústicos decorados con plantittas pintadas a mano. Todo muy craft y muy handmade hecho en Espain. En el fondo me da pena: nosotros, los simples mortales, jamás los entenderemos.

Y el día como hoy me despierto y pienso: qué coño. Su mundo flipagram, en realidad, no es ni más ni menos, que el mundo de los artistas contemporáneos. No, en serio. ¿Quién de vosotros entiende de arte moderno? Aparte de especialistas y tal que, me imagino, están para esto: para descifrarnos lo que quiere decir el de la mente privilegiada, y para fascinarnos. Yo me las imagino- las mentes esas- como muy fumadas. Mucho. Pegando un cepillo por allí, dándole algo de color, pasando un hilo de por medio y matándose a risas mientras dicen a sus compinches: ¿Qué? ¿Qué te parece? A ver cuánto tardan en darle sentido a esa mierda.

Luego la obra va a un festival de arte, a una galería, sale en los blogs y Pinterest y cada uno de nosotros, los pringados, encontramos una parte de nuestro “yo escondido” en ella. Pagamos mil euros por el descubrimiento y nos lo llevamos a casa, sentiéndonos participes de esa maravilla.

Mi favorito, el de siempre, el el “cuadrado negro” de Malevich. Sin duda. Menudo crack.

Pero oye, por otro lado, si te hace feliz, ¿por qué no?

A mí me gusta todo eso de la modernidad. Esa es la conclusión a la que he llegado tras soltaros todo este rollo de mi adolescencia y el arte incomprensible. Me gusta, sí. Porque me da vidilla. Porque los cielos de Barcelona hace meses que son de cualquier color menos azules. Porque hay mucha variedad en las calles y te echas unas buenas risas paseando por El Raval.

Y porque me siento un poquito más “in” mientras bebo el vermú de toda la vida.

Antes lo hacía y no era “nadie”.

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Hipsters  Modernos  Putos cracks  

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Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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