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Sociedad

El derecho a no estar

Las redes sociales son como las bolsas de patatas a medio comer, que si no te las acabas revientas, aunque no tengas hambre.

16 de junio de 2017. Bloomsday. El termómetro de la farmacia que se ve desde mi balcón marca 32 grados a la sombra. En casa tengo la sensación de estar a 40 °C. Mi gato Pushkin va a combustionar en cualquier momento. Pobre animalito. Y aquí estoy, pegada al ventilador, incapaz de leer, estudiar o pensar, con las neuronas fundidas y la sensación de que cada poro de mi cuerpo desprende calor. ¿Y qué hago? Pues me pongo a mirar el móvil. Qué voy a hacer.

Abro Instagram: helados, gatos, gazpachos, libros, coches descapotables, Sónar. Cierro Instagram. Abro Twitter: política, libros, gatos, gente diciendo estupideces. Cierro Twitter. Abro Facebook: más de lo mismo sólo que de gente que realmente conozco, a diferencia de los otros. Y así, a lo tonto, se me han ido veinte minutos. Me da miedo pensar cuantos “veinte minutos” al día pierdo repitiendo todo el ritual. Me horroriza pensar en el resultado de ese cálculo en semanas, meses o años. Porque las redes sociales son como las bolsas de patatas a medio comer, que si no te las acabas revientas, aunque no tengas hambre. Como lo mensajes a los ex con dos copas de más, como esos “cinco minutos y ya me levanto” de las mañanas. Al parecer para las redes siempre tenemos “cinco minutos”, no importa lo que estemos haciendo.

Hace unos meses me quedé sin internet en casa y me fui a enviar correos a una cafetería. Debe de ser que soy más de tomar café en las cafeterías que de conectarme porque me quedé ojiplática cuando el camarero me dijo que me tenía que conectar con Facebook y, además, permitirle que comparta mi ubicación en mi muro. Que si no, no me conectaba. Así de simple. Unas semanas más tarde me tocaba ir a hacienda. Ante la imposibilidad de rellenar los modelos en casa porque mi ordenador me daba problemas, me fui a llorarles a los amables funcionarios. “Pues prueba con otro ordenador”, me soltó la señorita de detrás del mostrador. Porque claro, la opción de darme una solución no digital ni se le pasaba por la cabeza.

Ya llevaba tiempo pensando en “desconectarme”, en probar un estilo de vida como “los de antes”. Está bien, me dije, haré un experimento. No me duró ni un día. Con gran satisfacción borré todas las aplicaciones sociales de mi móvil un domingo, para darme cuenta al lunes siguiente de que más me valía volver a instalarlas si quería seguir en nómina. Cosas que pasan cuando entre tus funciones laborales se encuentra la de Community Manager. La guinda del pastel llegó cuando Apple me bloqueó el teléfono por no recordar una contraseña y lo que más me alarmó no fue el hecho de vivir incomunicada hasta que lo arreglaran, sino que podría perder todas mis fotos cuidadosamente editadas. No sé qué me molestó más, si la pérdida de las fotos en sí o el hecho de que ya no podría compartirlas. Algo va muy mal cuando nos preocupa más nuestra imagen social que nuestros recuerdos.

Un libro reciente utiliza un concepto que me gusta mucho, habla de los chismes electrónicos como “prótesis sociales que no necesitamos” (Enric Puig Punyet, La gran adicción. Arpa, 2017). ¿Y qué pasa si empleas una prótesis cuando la parte del cuerpo en cuestión funciona perfectamente? Pues que esa parte se atrofia, como se atrofia nuestra capacidad para comunicarnos con las personas, para hablar en público, para pensar. ¿Para qué molestarse en llamar si puedes mandar un mensaje? ¿Para qué pararse a  formular un pensamiento si puedes usar un emoticono? Los seres humanos tendemos a la pereza, a la procrastinación, a la ley del mínimo esfuerzo. Y sí, de cara a la galería todos somos muy trabajadores, muy lectores, muy hogareños y a la vez tenemos una intensa vida social. Pero ¿cuántas de esas actividades se ven interrumpidas por mirar el móvil?

Vivimos en un limbo constante entre el mundo real y el virtual y así es como acabamos olvidando conversaciones, cometiendo errores en el trabajo y terminando gran parte de nuestros días con esa sensación de haber hecho mucho, pero sin haber hecho realmente nada. No me extraña, es demasiado agotador estar en dos sitios a la vez, nuestra capacidad de atención no da para tanto.

Y lo más triste es que se ha convertido en una “adicción socialmente aceptada” (vuelvo a citar el libro de Enric Puig). Nuestra necesidad de compartir y de ser espectadores es tan grande que no es que no sepamos vivir de otro modo, es que simplemente no queremos hacerlo. ¿Por qué privarte de algo que tiene todo el mundo?, pensamos. Y esa excusa es tan válida para los niños que piden móviles a sus padres como para los padres que corren a comprarse el nuevo modelo de IPhone cada vez que sale a la venta. La presión social es universal.

Cada vez que por motivos varios paso tiempo sin escribir, me doy cuenta de lo difícil que es volver a arrancar. He llegado a la conclusión de que es porque me aplatano, me convierto en una espectadora pasiva de lo que ocurre a mi alrededor, como cuando buceo en las redes sociales. Empaparte de información es sencillo, ocurre a diario y no exige de mucho esfuerzo por tu parte. Ahora bien, digerirla, asimilarla, ya es otra historia. Pero ¿cómo vamos a plantearnos siquiera hacer algo con ella si estamos demasiado ocupados adquiriendo más información continuamente?

No dejo de oír afirmaciones del tipo “el móvil e internet han cambiado nuestra forma de ver el mundo”, “ahora puedes tomar decisiones al momento”, “tendrás el poder de estar donde no estés”. Y yo me pregunto, ¿qué se ha hecho de la reflexión y del derecho a tomarnos nuestro tiempo? ¿Qué se ha hecho de nuestro derecho a no estar?

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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