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Relaciones

El cuchillo de untar de las separaciones

Todos nos cruzamos con un desconocido que, tarde o temprano, nos da el mejor consejo de nuestra vida. Lo tengo comprobado.

Yo tenía 23 años y estaba llorando en un tren. Tenía una cara horrible, pero eso lo descubriría horas después: la máscara de pestañas estaba esparcida por todo mi cuerpo, mis ojos hinchados completaban el cuadro, en definitiva todo mi “yo” perecía sacado del capitulo final de un culebrón venezolano.

Pero todo me daba igual. Acababa de ser abandonada por el amor de mi vida (ay, qué risa). Te suena, supongo. A esa edad todos los amores son los definitivos y “hasta que la muerte nos separe”. A nosotros no nos separó la muerte, sino la pereza. Llevábamos dos años juntos, de los cuales un año y medio los pasamos cual matrimonio de ancianos agobiados: gruñendo, echándonos en cara los defectos y aguantándolo por la esperanza (te lo juro) de que aquello era pasajero.

Hasta que el amor de mi vida me invitó a una cena supuestamente romántica y, durante el postre, me soltó: “ya no estoy enamorado de ti, aunque sé, a ciencia cierta, que eres la mujer de mi vida”. Esa cena jamás te la voy a perdonar, Pepe. Por tu culpa, desde aquel día no puedo ver fresas con nata. Con lo que molan.

Yo me levanté de la mesa- mareada- y me fui al baño. Vomité las fresas (el salmón se me quedó dentro, mi cuerpo es sabio), salí del restaurante y me fui a la estación del tren.

Subí al primer tren que quiso acogerme (acabé en un suburbio de mala muerte, pero eso no tiene importancia, a esta altura de la historia) y me puse a llorar desconsoladamente. Mi vida estaba acabada, mi corazón estaba roto en pedazos y mi autoestima estaba alimentando las ratas que vivían debajo del restaurante de lujo donde habíamos cenado. Y se pusieron las botas, me imagino.

Desde aquel día supe que todos tenemos a un anciano amable que nos soluciona la vida. Un anciano, o una señora, o un chico, o una niña. Eso es lo de menos. Pero todos- absolutamente todos- nos cruzamos con un desconocido que, tarde o temprano, nos da el mejor consejo de nuestra vida. Lo tengo comprobado.

En mi caso fue un anciano con pelo canoso, una camisa vaquera y unas manos con nudos en los dedos. Le costaba mover las extremidades. Le dolían, era innegable, pero él sonreía con su dentadura postiza. Me tocó la mano y me dijo con una voz inesperadamente suave para su edad:

- ¿Estás bien?

Yo seguía llorando. Él sonrió:

- Está claro que no estás bien, es una pregunta retórica. ¿Cómo se llama?

- Pepe- le respondí mientras contestaba el mensaje de mi “ya ex”.- Ya no me quiere.

- Ya no te quiere, pero te sigue escribiendo pidiendo perdón por no quererte, ¿verdad?

- ¿Cómo lo sabes?- le pregunté, atónita, tapando la pantalla del móvil.

- No he leído los mensajes, tranquila. Sólo que… si algo sé es que cuando dejas de querer a alguien, también es difícil. La culpa te invade, te sientes un miserable y quieres arreglarlo de cualquier manera. En cierto modo es un comportamiento egoísta.

- ¿Qué quieres decir?- le pregunté esparciéndome los mocos por la mejilla.

- Eso mismo: que es un comportamiento egoísta. Necesitas hacer algo por la persona a la que ya no quieres. Cualquier cosa. Todo para sentirte en paz contigo mismo. No te escribe porque quiere estar contigo. Si fuese así, estaría aquí contigo.

Le miré con odio. Lo que me faltaba: un viejo que me hunde más. Pero era un viejo que me hablaba y yo necesitaba que alguien me hablara.

- Sabes- le dije- el problema es que ahora tengo que mudarme, tengo que aprender a olvidarle, tengo que hacer tantas cosas… Pepe me está diciendo que me sigue queriendo y que jamás me va a olvidar. Al final, quién sabe, ¿no?- le miré, esperanzada.

- Mira, niña, si te ha dejado por impulso, es un idiota. Y si te ha dejado porque no te quiere, no hay más.

Sollocé. Volví a llorar fuerte. El anciano me cogió de la mano. Sonrió. Y luego, en un momento, me dijo algo que cambió el transcurso de mis separaciones para toda la vida. No, no aprendí a sufrir menos, pero dejé de alargar mis rupturas:

- Imagínate que una relación es una barra de pan: sólida, dura por fuera y blanda por dentro, e imperfecta. Cuando hay una separación, hay que partir esta barra de pan en dos. La mayoría de la gente se equivoca de cuchillo y elige el de untar la mantequilla. Pero con un cuchillo así la tarea se vuelve complicada. La barra no cede y expande las migas por toda la mesa. Pero siguen intentándolo, a pesar de tener la mano destrozada de tanto esfuerzo. Finalmente, mucho tiempo después, la barra acaba partiéndose en partes desiguales. Se rompe de una manera fea e innecesaria.

- ¿Y?- le miraba con asombro.

- El cuchillo de untar mantequilla no es el único del que disponen. En la misma mesa tienen otro más: uno enorme y afilado. Pero no lo tocan, les da miedo: ¿y si me amputo un dedo?

Pero la única manera eficaz de cortar la barra de pan es escogiendo ese cuchillo enorme que tanto miedo da. Lo coges en las manos, apartas los dedos del centro de la barra y la partes- perfectamente- por la mitad. Y se acabó. Un par de movimientos, y está hecho. Casi sin migas, con apenas esforzarte. Con miedo, sí, pero el miedo resulta ser momentáneo.

Le miraba sin parpadear. Ahora resulta que yo, mientras lloraba en el tren y seguía contestando los mensajes llorosos de Pepe, estaba a punto de escoger el cuchillo de untar.

El anciano añadió:

- La única manera de cortar bien una relación es cortarla con el cuchillo adecuado. Pim pam. Esa parte es tuya y esa es la mía. Y hacerte un bocadillo.

Apagué el móvil sin leer el último mensaje de Pepe. Me sequé las lágrimas y levanté la mirada para darle las gracias, sin saber todavía lo mucho que me había ayudado.

Pero el anciano había desaparecido. Lo vi por la ventanilla, mientras se bajaba del tren. No se giró, pero yo estoy convencida de que me vio sonriendo.

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La vida fácil  Separación  

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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5 COMENTARIOS

  1. Javier

    Sinceramente la frase: “ya no estoy enamorado de ti, aunque sé, a ciencia cierta, que eres la mujer de mi vida”, para mi es de lo mas absurdo con lo que me he topado. Claro ejemplo de la falta de principios que hay hoy en día, donde priman los beneficios inmediatos a cambio de … ¡puro egoísmo!.
    Los científicos dicen que la etapa de enamoramiento nunca va mas allá de dos años. Pero abre paso al afecto, al cariño y al interés porque esa persona se encuentre bien al lado de uno.
    Un saludo

  2. Avatar de psychopsycho

    Qué bonito el post.

    Lo que más me ha llamado la atención es que alguien pueda dejar a otra persona en una cena romántica.
    Yo, si he tenido que dejar a alguien, lo he hecho sin liarle a nadie la cabeza ni darle falsas esperanzas.

    Es increíble.

    Es duro aceptar que a una ya no la quieren, pero cuando yo he estado en el otro bando y no tenía seguros mis sentimientos, siempre siempre he cortado por lo sano. Para no hacerle perder el tiempo al otro.

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