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Me quedo con las vistas

Hoy es el día y toca la sex-ción: DIA 1. Entre todos los relatos sobre las relaciones que llegan a nuestro mail (dia1@intersexciones.com), cada mes escogeremos uno (independientemente de nuestro punto de vista hacia el tema tratado),  y lo publicaremos el día 1 de cada mes.   Damos la bienvenida a Saul Rojas Blonval. *** [...]

Hoy es el día y toca la sex-ción: DIA 1. Entre todos los relatos sobre las relaciones que llegan a nuestro mail (dia1@intersexciones.com), cada mes escogeremos uno (independientemente de nuestro punto de vista hacia el tema tratado),  y lo publicaremos el día 1 de cada mes.
 
Damos la bienvenida a Saul Rojas Blonval.

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Rebeca nunca pensó que de su boca pudiese salir una ráfaga de barbaridades tan coherentes y punzo penetrantes; como si fuese poseída en un instante por un demonio con una versión educada del síndrome de Tourette. Mientras tanto, Santiago se quedaba en el sitio, desarmado por las dagas verbales de su hasta ahora abnegada —y sobre todo paciente— novia. Y apenas iban por la tercera planta.

El resto del trayecto en el elevador prosigue con la incomodidad de un viaje compartido por dos desconocidos, tratando de evitar cualquier contacto, buscando un punto muerto en ese minúsculo espacio para esperar la apertura de puertas y salir huyendo, acompañados por el ritmo del lento crujir de los engranajes, que trabajan para llevar esa caja metálica a su destino. Dieciocho plantas eran una eternidad, definitivamente.

Vivían juntos desde hacía dos años en un piso diseñado para cuatro personas, pero donde cabían dos a duras penas; ninguno de ellos había querido deshacerse de los veintitantos años de historia y cachivaches que venían arrastrando antes de conocerse. Tenían cumplidos seis meses de novios el día de la mudanza, y un mes antes habían decidido jugar a la casita con todas las de la ley. A Santiago le bastó experimentar la vista desde la terraza para enamorarse del piso. Para convencer a su novia, decretó en ese instante cenas románticas en primavera, tardes de cócteles en verano, cafés y dulces en otoño y ya se le ocurriría algo para el invierno. Rebeca accedió, a pesar de la pequeña claustrofobia que sufrió en el elevador, a pesar del desconcierto que le producía vivir separada de la tierra por dieciocho plantas de concreto y madera. Todo para que su Santi fuese feliz, todo para que su Santi tuviese una vista de antología que lo inspirase en su trabajo.

Rebeca se concentra en las lucecitas que señalan el recorrido del elevador, como lo hace cada vez que aborda el metro, siguiendo las paradas, mirándolas fijamente, con la esperanza de hacerlas aparecer y desaparecer más rápido, venga más rápido, invocando alguna anomalía temporal que la ayude a llegar a su destino sin el sufrimiento de la espera. Esta caja metálica se le antoja parsimoniosa, como un lento vagón de metro en hora pico y con trece paradas por delante. La luz que anuncia la quinta planta le saca del trance, pero no pierde la compostura, sigue inmóvil, no quiere premiar a Santiago con el roce, no quiere dar pie a los abrazos de oso que él usa como arma secreta para zanjar cualquier malentendido. Se ha derretido mil noches entre esos brazos pero el cabrón merecía cada palabra que ella disparó a quemarropa apenas abordaron el elevador. Pusilánime fue la que le dejó desconcertada, está convencida de nunca haber usado ese adjetivo en voz alta, sabía qué significaba, lo había leído hasta el cansancio, ¿pero usarlo? Jamás. Lo más curioso era haberlo escogido en medio de una furia ciega para expresar su frustración hacia él. Pusilánime. Sonaba a insulto de telenovela. Pero pensándolo bien daba justo en el clavo, porque era por la falta de cojones de Santiago que habían llegado a este punto de quiebre. Dos años de hacerse la víctima, el incomprendido, de que su arte era muy complejo para el proletariado —le encantaba esa palabra—, de esconder sus continuos reveses tras la máscara de algún editor que no entendía sus guiones, o sus dibujos. Dos años en que, poco a poco, ella se fue dando cuenta de que precisamente odiaba las mismas cosas por las que una vez amó a este fracasado artista de cómics.

Una amiga en común, obsesionada con llenar sus carencias emocionales a través de otros, se encargó de que la pareja se conociera en una fiesta. Le había vendido a ambos una idea tan suculenta —por su perfección— que al momento de las presentaciones y los respectivos dos besos Santiago y Rebeca ya se deseaban a medio camino. La audaz conversación de él y la belleza y desenfado de ella, se encargaron de sellar el trato en apenas dos citas. Los unía la espontaneidad resignada de los mileuristas soñadores, tratando de vivir una vida plena con poco en el bolsillo pero con mucho a cuestas. También hicieron planes, planes de comerse al mundo, él con sus dibujitos y palabrotas, ella con su artesanía y su aula llena de niños sedientos de conocimiento. Planes de hacer la cosas bien, y juntos, de no ser una estadística más, o de convertirse en la historia que usen sus amistades para curarse en salud de los peligros del amor.

A Santiago le estaba costando horrores mantenerse de pie después de la abrupta explosión de su novia —todavía creía que a pesar de todo lo dicho iba a poder seguir llamándola así—. Seguían atrapados en esa caja maldita que se toma prácticamente horas para llegar hasta la casa; al menos ya iban por la número dieciséis, las puertas pronto se abrirían. Se la había encontrado de frente en el elevador al llegar a la planta baja, él que bajaba para encontrarse con ella, ella que volvía a casa evidentemente cabreada por su tardanza. Al salir de ese sarcófago tendrían que hablar, nunca había visto a Rebeca así, hiriente, enfurecida, pero resuelta y lapidariamente coherente. Nunca habría esperado oírla decir pusilánime con tanta pasión, y mucho menos hacia él. Pero desde la planta numero diez está plenamente consciente de que tiene la culpa de todo. Por primera vez en su vida adulta se siente como un niño regañado por la maestra, y vaya ironía ver así esa faceta de ella. Santiago sabía que llegar tarde al compromiso de hoy le traería graves problemas, pero jamás ha manejado bien su tiempo, siempre culpa a las musas que le obligan a seguir horarios de otro planeta. Bastante que Rebeca se lo dijo, que llegara temprano, que ese compromiso era demasiado importante para ella, que no le defraudara, hasta le dio una hora adelantada porque no confiaba en su fobia a la puntualidad, y aún así Santiago salió de casa imposiblemente tarde, deliberadamente tarde, porque no pasaría nada, nunca pasaba nada. Al principio a ella le parecía romántico que su novio no fuese esclavo del yugo de un reloj, ahora con un hogar compartido la cosa perdió la magia, ahora era esa película que te encantaba pero que ya no soportas de tanto que la pasan en televisión.

Santiago examina su comportamiento de los últimos minutos, preparándose para la batalla que se avecinaba. Suena la campana del elevador, anunciando —por fin— la llegada triunfal a su destino. Rebeca sale, hacia la puerta del piso sin mirar atrás. Ya decidió durante el interminable viaje desde planta baja que viviría sola a partir de hoy. Sólo le concedió la gracia de mirarlo a los ojos antes de abrir la puerta para decirle: me quedo con las vistas, me quedo con el elevador eterno, me quedo con las cenas de primavera y los cócteles de verano. Ya me inventaré un plan para el invierno.

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Escrito por Saul Rojas Blonval
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9 COMENTARIOS

  1. Anonymous

    Y que es casi imposible encontrarse con ella!!! …. siempre aparece mas tarde mas temprano, con el guapo, con el menos guapo, con el cabrón, con el buenazo…. la única solución aparente que encuentro para evitarla es emparejandote a los 70 años… así podrás disfrutar del amor y no le dará tiempo a aparecer en escena… es prácticamente imposible evitar la monotonía en las relaciones de pareja … lo que un tiempo te pareció que era la ostia … de repente se convierte en un coñazo… y digo yo … luego me quejo… pero al ir encadenando “pasiones vividas” no consigo estabilidad emocional pero si desafiar a la vida, a la monotonía, al amor…Gemma Gm

  2. Flor

    Me ha encantado el relato! Me hizo acordar a una de mis películas preferidas (“No sos vos, soy yo”) y especialmente a la frase del psicólogo en una de las sesiones con el protagonista, al que lo había dejado la mujer: “En la vida hay días buenos, pocos. También hay días malos, por suerte también pocos. Y el resto, la mayoría, son días normales”.
    Quizás lo esencial -y lo más difícil- en las relaciones sea ir encontrando los momentos y teniendo los detalles que permitan dar toques extraordinarios a semejante cantidad de días normales.

  3. Anonymous

    Me encantó tu cuento, además debo reconocer que conoces muy bien el alma femenina, seguro has oído pacientemente las confesiones, las quejas, las intimidades, los sueños, de tus amigas, de tus hermanas y hasta de tu madre.
    Sigue así.

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