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Relaciones

De nueve a cinco

¿La única forma de dejar de serlo? Convertirte en uno de ellos.

La imagen, tristemente, es siempre la misma. Miradas vacías y perdidas en la nada, oídos aislados de toda conexión con la realidad por la música de los auriculares y ambas manos ocupadas: una, sujetándose a una de la barras; la otra, sosteniendo un vaso de cartón con café humeante. Huele a cerrado. Nadie sonríe, nadie emite un sonido. No estamos de humor. Y como alguien lo esté, te jode. ¿Dónde coño va éste tan feliz y sonriente a estas horas de la mañana?

Hay espacio de sobra en el tren, pero todos nos agolpamos en el primer vagón. Parecemos gallinas en un corral, pero los que hacemos esa ruta a diario sabemos perfectamente que es la puerta más cercana a las escaleras de salida del andén una vez llegados a Moncloa. O te pones al principio o tienes que chuparte un tapón de gente considerable hasta que logres salir de allí. Y claro, no puedes permitirte perder un segundo. Todos tenemos mucha prisa.

Comienza otro día, parecido al de ayer y semejante al de mañana. Comienza otro turno de nueve a cinco.

En realidad, no creo que nada de lo que diga en este artículo pueda resumir mejor mi vida y- me consta- la de muchos otros que la canción de Dolly Parton llamada, precisamente, “9 to 5″. Pero aún así, necesito expresarme. Necesito poner en palabras mi frustración porque me siento atrapado y no sé qué hacer. Tengo veintitrés años y es casi una regla el levantarme cada mañana sin ilusión alguna, con la sensación de haber vivido ya el día que aún no ha empezado; es más, puedo incluso decirte en qué va a consistir sin siquiera levantarme de la cama: iré a trabajar a un lugar en el que no quiero estar y haciendo algo que odio cada vez más pero a cambio de un dinero del que no puedo prescindir. Por aferrarme a algo que me ayude a tirar para adelante, me recordaré a mí mismo que antes de que pueda darme cuenta habrán dado las cinco y seré libre. “Todavía tendrás parte de la tarde para ser tú y dedicarte a soñar”, me diré. Porque, al igual que Dolly, yo también tengo sueños.

No obstante, una vez den las cinco estaré tan reventado y de mala hostia que se me habrá olvidado por completo ese pensamiento esperanzador de por la mañana. Lo único que querré será llegar a casa, meterme en la cama y ponerme una serie insustancial, repleta de personajes y vidas idealizadas que me eviten pensar lo poco ideal que es la mía. Y esa capacidad de soñar, una vez más, se habrá visto desaprovechada. Lo cual es una pena, ciertamente; fantasear es una habilidad como otra cualquiera, similar a los idiomas: si no se practica, se pierde y cada vez te cuesta más retomarla. Consciente de ello, y mientras apago la luz y programo la alarma del móvil, me propondré que mañana será diferente. “Cambiaré de actitud y haré todas esas cosas que quiero hacer y no he hecho hoy”, me diré. Y me quedaré dormido.

Comienza otro día, parecido al de ayer y semejante al de mañana. Comienza otro turno de nueve a cinco.

Mientras tanto, otra realidad paralela ocurre de manera simultánea. En ella no existen las alarmas del móvil, tampoco las aglomeraciones de gente en el metro. No son necesarias. Es un mundo en el que los sueños no tienen cabida, pues soñar es- según la RAE- imaginar una cosa que es improbable que suceda, que difiere notablemente de la realidad existente. Y para los que tienen la suerte de vivir en esta dimensión, no hay nada improbable. Todo está al alcance.

Lo paradójico de este mundo es, sin embargo, que pese a no estar compuesto por sueños, sí está construido a base de ellos. Pero vamos a ver, Dave, si los miembros de este selecto grupo no sueñan…¿a quién pertenecen los sueños que lo cimientan?

Fácil: a gente como tú. A gente como yo.

Nuestros sueños son los que impulsan nuestra realidad, que es hacer un trabajo que genera unos beneficios. Beneficios de los cuales nosotros vemos lo justo y necesario para seguir soñando- y, por lo tanto, trabajando-, mientras que el resto va a las carteras de quienes ya las tienen a rebosar y, en consecuencia, carecen de la necesidad de soñar. Es decir, trabajar. ¿Me explico?

Y así funciona, año tras año y empresa tras empresa. Para ellos no somos más que simples peldaños en su escalera al éxito.

¿La única forma de dejar de serlo? Convertirte en uno de ellos.

Añadiría una conclusión más profunda y trabajada, pero entendedme: ya son las nueve y todavía tengo que prepararme la cena, arrepentirme de todo lo que no he hecho hoy y emocionarme con la posibilidad de poder hacerlo mañana. Ay Dolly, sólo tú me entiendes.

Comienza otro día, parecido al de ayer y semejante al de mañana. Comienza otro turno de nueve a cinco.

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Dave SantlemanPor
Dave Santleman

Diseñador de moda y estilista. Andaluz, pero trotamundos. Habré tocado techo cuando me propongan rodar el anuncio de Navidad de Canal Sur.

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4 COMENTARIOS

  1. Sashimi BluesSashimi Blues

    Me ha encantado, Dave. A los dos nos gusta fantasear sobre la gente que viaja con nosotros por las mañanas.
    Me considero un privilegiada, porque me encanta mi trabajo y cada día es más o menos una aventura. OJalá algún día tengas esa suerte, y me consta que te lo estás currando!
    Animo, mon cher ami.

  2. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    Salvo afortunados como Sashimi (afortunados o que supieron en un momento escoger mejor el camino laboral que les haría felices) el resto vamos a currar porque somos pobres, contrariaos y a regañadientes, a un sitio donde las presiones y los recortes nos van pudriendo el ánimo cada día un poquito más. Es lo que hay, si pierdes un trabajo y encuentras otro tienes muchos números de cobrar menos en el siguiente por una jornada más larga. Si tienes suerte y conservas el mismo, o tenpagab menos o las plantillas se han reducido tanto que la gente está a punto de estallar.

    Te parece que estás solo pero, salvo algunas excepciones, le metes el dedico en la boca a la gente y cuando empiezan a refunfuñar ya no hay quien los pare.

    Seguramente el problema es que estamos tapando los problemas con horas extras y Orfidales en vez de hacerlo con huelgas. La mala noticia es que, si con todas las putadas que nos han hecho, reforma tras reforma laboral, no nos hemos lanzado a las calles como bestias acorraladas, no veo por qué vayan a parar.

    Pero no me hagáis caso, que ya soy una señora muy mayor y ya se sabe que chocheamos pensando que el mundo se va l “peo”, y al final nunca se va.

    Pero es triste, mucho, que te pase eso con 23 años, que es edad de disfrutar de la ilusión, y no de meterse al metro por la mañana sin esperanza. Lo siento en el alma, y te pido perdón por mi parte de responsabilidad como miembro de una generación que no os ha sabido defender.

    1. Dave SantlemanDave Santleman Autor

      Me has emocionado con tu comentario, Ronronia. Escribí este artículo desde la ira, la frustración y la desilusión, y fue gracias a ello que me di cuenta que no podía vivir una vida que, vista desde fuera, sentía que no era la mía. Por eso, creo que te gustará saber que reuní el valor para jugármela, dejé ese trabajo que me hacía sentir cada vez más miserable y ahora he encontrado una cosa mejor, mucho más llevadera y que me da un mayor margen a poder diseñar la vida que quiero tener.
      No te preocupes, te puedo asegurar que conmigo han dado con un hueso duro de roer. Me niego a aceptar que las cosas no puedan ser como yo las imagino, y pienso seguir luchando por más que me cueste para que, valga la redundancia, algún día esto deje de ser una lucha. Y si mucha de la gente de mi generación es así es, te lo puedo asegurar, gracias al apoyo y la fe en nosotros de la vuestra.

      Un besote.

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