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Sociedad

Cuarentiñato

Reclamo la revisión de ese adjetivo pernicioso que nos cae a los que cumplimos los 40.

Durante el tiempo de recreo, el inmenso patio del colegio se convertía en un oráculo para mí. Allí coincidíamos todos los cursos de la desaparecida EGB, desde primero a octavo, y desde mi perspectiva de crío de 8 años observaba a los mayores profetizando cómo sería la vida que me esperaba.

“Uou mira a los de quinto, qué manera de pasar de todo, cuando tenga 10 años voy a ser un outsider de flequillo rebelde”. A los 10 tenía flequillo pero sustancialmente mi vida era la misma. Entonces me fijaba en mis primos mayores que estaban empezando la universidad y pensaba: “A los 18 sí que comienza todo, esa gente se está preparando para dominar el mundo”. A los 25, mientras volvía a casa de mi madre porque con mi sueldo no podía permitirme ni un banco en el parque, me reclamaba a mí mismo: “¡sólo me quedan 2 años para triunfar y morir a los 27 como una leyenda!”. No sé si por suerte o por desgracia, pero conseguí sobrevivir a la leyenda que pude haber sido, y ahora me encuentro al final de la treintena, a 3 días de subir por esa valla metalizada donde al otro lado me espera el imponente número 40.

Porque los 40 asustan. Justo ahí es donde se encuentra la frontera psicológica entre lo joven y lo ya no tan joven (me niego a decir “viejo”), y eso lo apreciamos muy bien en el lenguaje. Cuando te sitúas en los 20 eres un veinteañero, mientras estás en los 30 un treinteañero, pero cuando los 40 llegan a tu vida el sufijo ya no es tan benévolo: CUARENTÓN; ¡hala! así, a lo bruto, con ganas de hacer daño, como marciCÓN, pitÓN, o NecronomiCÓN.

Aunque para los gays cumplir los 40 no es lo mismo. Históricamente nos hemos venido quejando de sentirnos excluidos forzosamente de lo que la mayoría entiende por madurar: completar esos ciclos de “desarrollo” como son casarse, tener hijos e ir con ellos a Marina d’Or; y hemos tenido que escalar nuestros propios peldaños en paralelo, un poco más altos que los que sube un hetero estándar, y claro, entre descubrir lo que sentimos, aceptarnos como somos, encontrar un novio que te dure más de un verano, y recuperarte de una drogodependencia adquirida mientras te descubrías y aceptabas, sin darte cuenta te plantas en los 40 con dejes de niñato y anhelando el regreso de la Spice Girls.

A eso lo llaman síndrome de Peter Pan, y mientras los especialistas en la materia no lo cataloguen como trastorno mental, a nosotros nos sirve como botox para el espíritu. Del cuerpo ya nos llevamos ocupando desde que cumplimos 30, donde tuvimos nuestra primera y auténtica crisis de la edad, así que más que 40 dentro de tres días cumpliré los 20 por segunda vez. No se harán realidad entonces los augurios que temía cuando de niño imaginaba cómo sería yo llegada esta fecha: sólo escucharía Pimpinela, me gustaría bailar pasodoble y mi cintura sería una circunferencia perfecta.

Para nada. Reclamo la revisión de ese adjetivo pernicioso que nos cae a los que cumplimos los 40, que nos hace creer que lo que viene ahora es un camino cuesta abajo que nos conduce al taca taca. Quizás el error está de nuevo en el lenguaje y deberíamos utilizar otros términos para referirnos a nosotros. Dejemos lo de madurar para las manzanas golden. Yo simplemente quiero sumar vida cada día, sin que un número haga de árbitro, y quizás buscarme un amante vampiro que me evite el despilfarro de tener que renovar cada año la decoración de mi cumpleaños.

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