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Cosas que pasan

Cuando tienes un día “de esos”

Un día "de esos", en los que todo me parecía mal, me senté en el sofá y empecé a frustrarme. Es todo un proceso, no te creas.

(Este post lo envié ayer a mis suscriptores de Newsletter como post exclusivo sólo para ellos. Nunca publico los posts exclusivos aquí, pero en 24h de haberlo enviado he recibido decenas de mails en los que la gente me pedía que lo comparta públicamente para que todos lo pongamos en práctica.  Así que he decidido hacerlo. Gracias a todos por vuestros correos. Ha sido emocionante.)

Me acuerdo de como un día, en la presentación de un libro de diseño, Javier Mariscal dijo una frase que me hizo mucha gracia: “Yo soy subjetivo, soy incapaz de ser objetivo. Supongo que es porque soy un sujeto y no un objeto”.

Si ser objetivo con los demás cuesta horrores, ¿qué decimos sobre procurar serlo con nosotros mismos? Vale, intentémoslo.

- A ver. Me siento, me concentro y me imagino que yo no soy yo. Yo soy una otra persona. Cualquier otra persona. Yo no soy yo. Yo no soy yo. Yo no soy yo. Vale. Ahora que yo no soy yo, voy a pensar (digo: esa persona va a pensar) cómo debería actuar en mi situación. ¿O es “en su situación”? No, es “en mi situación”. Joder. Qué lío. Ya no sé ni quién soy, ni qué debo pensar. Claro, ahora he pensado esto y… he vuelto a ser yo. ¿O nunca he dejado de serlo?

Así una y otra vez. Sin resultado.

Y es que creo que no estamos diseñados para ser objetivos. Es mejor no intentarlo, porque no podemos estar seguros de que finalmente lo hemos conseguido. Para poder valorar si hemos sido objetivos… deberíamos ser objetivos.

En fin. Yo me rindo.

No podemos saber cómo somos realmente. No podemos ver a nosotros mismos sin sentir ningún tipo de emoción. Podemos sentarnos, hacer una lista de nuestras virtudes, y otra de nuestros defectos. Pero yo, al menos, peco de encontrar miles de exigencias hacia mi persona y luego, cuando se trata de virtudes, las tomo como algo normal. Pero “lo normal” no emociona. Y cuando algo no te emociona, acaba en el olvido.

Sucede de esta manera: nos exigimos cosas y, con el tiempo, dejamos de ver lo buenos que somos en algo. En nuestra defensa os recuerdo que nos han inculcado que la humildad está por encima de todo. Y esto tampoco ayuda a la hora de tener una autoestima mínimamente decente.

Un día “de esos”, en los que todo me parecía mal, me senté en el sofá y empecé a frustrarme (es todo un proceso, no te creas). Empecé a darme cuenta de que me faltaba disciplina, que mi piel tenía un tono gris, que mi ropa era una montaña de trapos incombinables, que el texto que había escrito no valía para nada, que- seguramente- me esperaba un futuro desastroso y que no era lo suficientemente valiente. Ah, y también que me había engordado. Ya lo sé: engordar no es el fin del mundo, el peso no importa. Lo sabemos todos: tú lo sabes y yo lo sé. Que sí, que estamos hartos de las revistas que nos cargan de mierdas. ¡Que sepan que ya no nos afectan! Ya, claro. La cosa es que no nos importa el peso de los demás, pero el nuestro propio sí. MALDITA SEA.

Mal. Aquel día todo iba mal y yo necesitaba saber cuántas de las cosas que me había dicho a mí misma eran realmente ciertas. El juego de “Yo soy otra persona y me miro desde fuera” no funcionó. Entonces se me ocurrió una idea.

Llamé a mis tres amigas más cercanas y les ofrecí lo siguiente:

- Hagamos un juego. Yo te envío un mail y te cuento cómo eras el día que te conocí. Como si se tratase de un recuerdo romántico: qué pensé al verte, qué impresión me diste… Y luego te cuento, en el mail, cómo te iba viendo a lo largo de estos años. Qué es lo que más me fascina de ti, qué es lo que me gustaría aprender de ti y qué es lo que más me sorprende de tu personalidad. También te hablaré de tus defectos y de por qué sigo a tu lado.

Tú harás lo mismo conmigo. Nos enviaremos el mail. Tú a mí y yo a ti. En el asunto pondremos: NO LO ABRAS HASTA QUE ENVÍES EL TUYO. No podrás leer mi mail hasta que yo reciba el tuyo y viceversa (ya sabes, es necesario para no sentirnos influenciadas).

Y así fue. Eso hicimos.

Mi desconcierto no tenía límites. Fue una experiencia emocionante. Lo fue incluso cuando me describieron mis defectos. Es muy revelador descubrir que mis verdaderos defectos no tenían nada que ver con mis propios machaques cotidianos. Todas mis amigas coincidieron en los adjetivos.

También fue extraño averiguar que, por ejemplo, hay gente a la que puedo inspirar y que mis amigos me aprecian de esta manera.

Ahora, los días en los que mi piel se vuelve gris y mis textos acaban en la papelera, rescato aquellos mails. Los leo con cariño, como si fuera por primera vez. Sonrío, lloro, alguna vez me enfado…

Pero luego respiro hondo y se me pasa. Mientras mi cara va volviendo a su color natural, recupero mis textos de la papelera. Y me pongo a trabajar en ellos.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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UN COMENTARIO

  1. Kami

    Excelente, me siento tan identificada. a mí también me pasa eso de verme llena de defectos, aveces es como si fuera un cúmulo d defectos y 0 virtudes. Por eso puedo entender lo que sentiste esos días. Lo bueno es que tenemos gente que nos quiere, que está dispuesta a abrazarnos para no dejarnos caer. eso es maravilloso.

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