Cronicas de traicion
Relaciones

Crónicas de Traición y de Cortes de Cabello

Yo me entrego. La situación no está en mis manos. Lo mejor es relajarse, abrir los ojos tras un rato y ver cómo ha acabado todo.

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Han pasado 5 años y 3 meses desde mi llegada a Barcelona y como todo mortal, que no sea calvo, una de mis primeras preocupaciones fue “y ahora ¿dónde me corto el cabello?”

Sí, estas cosas también nos quitan el sueño a algunos niños. Tener un peluquero de confianza (o barbero en mi situación) no es algo solo de chicas o de metrosexuales.

En septiembre de 2007 me rebajé el pelaje antes de subirme al avión. Meses después, ya por éstos lares, empezaba el invierno y yo perdía todo tipo de control sobre mi cabellera, pero no me decidía. Tenía “guayabo” (despecho) de no tener a mi fígaro de barrio, así que dejé pasar otro ciclo lunar ¿o fueron dos?

Para entonces, sobre mí lo que existía era una verdadera mata de pelo. Solo el frío invernal impedía que mangos nacieran en mi estopa. Finalmente, solo quedaban dos opciones, o podar o talar.

Además, a principios de la crisis (circa Febrero 2008) todavía tenía esperanzas de conseguir empleo y ¿quién iba a contratar a semejante adefesio? Con un corte de cabello decente, seguro que me ocuparían en alguna empresa. Pensamientos pueriles e inocentes

Bueno, al loro. Salí por el barrio a explorar mis opciones. Muchas “perruquerías” de señora, como les dicen por aquí (ni que fuéramos perros), uno que otro salón mixto (ni que fuéramos vaqueros) y algunas pocas barberías de barrio, de esas de toda la vida. Pero no me ganaban. De pronto, leí “CAMPAYO”, en un horrendo color verde perico y adentro tenía a un señor, muy señor, empuñando tijeras como si fueran los dedos de Sweeney Todd. Era mi sitio.

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Me gustan las barberías con aspecto de barbas. De esas que cuelgan fotos históricas del barrio junto a un mugriento póster del Real Club Deportivo Espanyol. Lo que tienen esas buenas barberías es que los señores que allí te atienden, si bien se les notas amor por su trabajo y por el destino para el que han nacido, te miran y te tocan con asco. El asco es mutuo y en ello reside el respeto de este tipo de relación.

En “CAMPAYO” hablábamos de trabajo (del paro), del Madrid, del Barça y, por supuesto, del Espanyol. También hablábamos de zapatos viejos. Ahora que lo pienso, era de Zapatero de quién hablábamos.

Trascurrieron 5 años. Viví feliz en mi monogamía y las únicas infidelidades fueron meros accidentes.

Le engañé pocas veces. La primera, el día antes del Mobile World Congress de 2009 a donde no podía ir como un Eowok Hippie. “CAMPAYO” cierra a las 20h y a mí se me olvida que debo cortarme el pelo no cuando yo quiera sino cuando ellos trabajan. Terminé en una peluquería femenina donde una chica no lo hizo nada mal pero no fue lo mismo. No había amor.

La segunda vez sí fue un polvo malo. Por la mismas razones, algún compromiso que no llego a recordar, debía organizar mi desastre capilar. “CAMPAYO” cerrado pasadas las 9 de noche de un sábado y tuve que morir en una peluquería dominicana. “Entre negritos nos entendemos”, pensé. Pero no. Fue todo un verdadero suplicio. Hacían su trabajo y bebían cervezas al tiempo. Lo que ocurrió en mi cabeza (dentro y fuera) fue algo terrible y hasta quisieron arreglarme las cejas.

Quizás es porque soy caribeño continental pero, en mi casa, esas cosas no se hacen. Al menos, también pude beberme una cervecita helada mientras me rendía a lo inevitable. Aún así, mis cejas conservan su virginidad.

Para mí, posarse en una silla de barbería / peluquería es un acto de rendición. Muchas cosas pueden salir mal. Estás indefenso. Te sientas allí en desventaja de condiciones. Tú no tienes una tijera en las manos y él sí. Pueden trasquilarte, como hizo el dominicano, o el peluquero puede vivir un brote psicótico y jugar a Freddy Krueger. Uno, dos, vienen por ti, tres, cuatro, cierra la puerta…

Yo me entrego. La situación no está en mis manos. Lo mejor es relajarse, abrir los ojos tras un rato y ver cómo ha acabado todo. Lo mismo me pasa en los aviones. Si se cae, no es culpa de nadie excepto de Newton.

Tras esos dos errores volví a “CAMPAYO”. Pensé que duraría para siempre. Los años nos volvieron cercanos. Casi amigos. Compartíamos el barrio, el mercado y el estanco.

Nuestra relación era simple. Yo siempre le decía más o menos lo mismo “Como la vez anterior pero más corto”. Otras veces le pedía que lo dejara más largo. Me gustaba el estilo. Solo cambiaba en leves variaciones de tamaño.

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Dejé el paro. Me volví autónomo. La crisis aumentaba pero seguía fiel a mi “CAMPAYO”. Finalmente llegó el día de dejar la oficina en casa y pasar días eternos en un nuevo despacho en el centro de Barcelona. Cuando trabajas entre 14 y 18 horas al día, ni vuelves al barrio antes del cierre de la barbería ni es posible despertar un sábado por la mañana. Yo, los sábados muero.

Juró que lo intenté. Puse el despertador no una, ni dos, ni tres veces, sino muchas mañanas de sábado. La desidia cobraba peaje y semana tras semana el cabello se apoderaba de mi vida.

Empecé a repetirme a mi mismo. Se lo decía a todos, lo escribía en tweets, “debo cortarme el cabello, no me aguanto más”. Pero algunos me decían “pero si tus rulos son bellos”. A ratos lo creía pero sabía que no me veían a mí sino al cariño que me tenían.

Así surgió otro compromiso. Debía vestirme de traje y llevar corbata (cosa que me encanta). Curiosamente tuve un momento de lucidez y decidí comprobar, un día antes, como lucía mi atuendo.

El resultado fue espantoso. El traje y la corbata bien, pero la melena y la coleta recordaban demasiado a Pedro El Escamoso y su “Pirulino”. Si no sabéis de lo que hablo, quizá sea mejor así. Creedme, es algo que no debéis buscar en YouTube.

Engañaría a “CAMPAYO” por tercera vez.

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Hace unas cuatro semanas caminaba por la calle dónde queda mi oficina y bajando Aribau a la altura de Córsega me topé con una barbería de barrio sin cartel que llamó mi atención. Era antigua, con persianas de madera pintadas de beige y, en su fachada, ese característico cilindro rotatorio con franjas rojas, azules y blancas.

No pude hacer otra cosa que entrar. Había un niño sentado en la silla de cliente y un barbero muy elegante cortándole el cabello con bata y aspecto señorial. Pregunté el coste del servicio y los 13 € de la respuesta me parecieron más que razonables.

-Solo 1 euro más caro que “CAMPAYO- pensé. Al recordar su nombre salí del local con vergüenza. Debía esperar un poco más. 5 años de relación no podían irse así por así. Esta vez no era ningún accidente ni un desliz alcoholizado. Esto era real, estaba sucediendo y sucedía a conciencia.

Pocos días después viví, al mirarme al espejo, el mencionado episodio del “Pirulino”. Me reflejaba con traje negro, camisa blanca y corbata lila pero la crin hacia del momento algo insoportable.

Cuando tomé la decisión de llevar a cabo el tercer engaño especulé que sería solo una vez, que nadie se enteraría, que “CAMPAYO” no lo notaría. La culpa me carcomía. Pero el tiempo se había agotado. No podía presentarme ante la sociedad con tal aspecto.

Me fui a dormir. Desperté. Me trajeé. Salí hacia la oficina. Trabajé.

Después de la hora de la comida, y a escasas 2 horas de mi compromiso, salí del despacho con tristeza. El momento había llegado. Bajé del entresuelo al vestíbulo. Atravesé en sentido a la portería. Pisé la acera. Encendí un cigarrillo y caminé el paso cebra. Anduve un poco más y me detuve frente a la puerta de la barbería consumiendo caladas de autocompasión.

Abrí la puerta y allí estaba él. También de traje. Con corbata. Señorial y con una bata blanca con el nombre “Jaume” bordado en azul. Parecía un médico de consulta privada. De alguna manera era un símbolo del significado sanitario del tricolor que giraba en la fachada.

Ya sentado pregunté por el curioso y gran lavamanos que disponía a manera de lava cabezas. Me contestó que era una instalación original de cuándo se abrió la barbería, allá por 1920. Asentí, me miré al espejo y solo hizo falta una breve indicación de mi parte.

-Lo quiero como lo tengo, pero más corto y bien. – Dije.

-Eso está hecho.  – Respondió.

Era una barbería de verdad verdad, con historia y abolengo. Él, un barbero de verdad verdad. La prueba de eso fue muy sencilla. Aún en su elegancia, miraba y manipulaba el cabello con asco. Me sentí recíprocamente a gusto.

Jaume era un científico más que por su aspecto. No tocó peines ni tijeras en más de un minuto. Me estudiaba. Miraba detenidamente, moviéndose 360 grados a mi alrededor, inclinándose y buscando nuevos ángulos de visión. Midió, cortó y peinó. Tardó un montón. Mientras, yo me entregaba, esperando el momento de incorporarme y descubrir mi nuevo corte de cabello.

Jaume y yo hablamos poco. Solo dos o tres referencias sobre economía y nos reconocimos como de “los nuestros”. Detalle más importante para mí que para él, ya que si estás a merced de alguien con un instrumento afilado, al menos que comparta tus convicciones políticas. Es más seguro.

 

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Cuando todo acabó, el resultado parecía el esperado. Pagué y me fui. A otra cosa.

Durante la sesión no recordé a “CAMPAYO”, tampoco horas después. Fue solo cuando regresé a casa, ya despeinado por la noche que realicé que poseía más de una posibilidad de peinado y eso me hacía feliz.

Me miré al espejo y jugué con los dedos en mi cabello. Descubrí 4 tipologías de peinados y me di cuenta que no extrañaría a “CAMPAYO”. Confesé que no le necesitaba para nada.

Para mí, el placer de un corte de cabello no ocurre durante el proceso. Siento el placer a la mañana siguiente tras un sueño largo, y la mañana después, y la que sigue y la de más allá.

El placer de un corte de pelo vive cuando te observas y amas la perfección de estar despeinado. Cuando tus uñas bastan y los peines y productos son simples accesorios. Cuando sabes que pase lo que pase, estarás bien. Al menos hasta que vuelvas a perder el control de tu cabello, el control de tu aspecto y en definitiva, aunque parezca banal, el control de tu vida.

No tengo idea cuándo vuelva a la barbería de Jaume o si esta relación es para siempre. Lo que sé es que hoy estoy perfecto y que mañana, si lo necesito, tengo un nuevo sitio a donde ir. La traición, cuando te sientes bien, es algo que tiene poca importancia.

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25 comentarios

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MendezPor
Mendez

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25 COMENTARIOS

  1. monsieur le sixmonsieur le six

    La palabra “traición” para este tipo de cosas (igual que para las relaciones personales, a las que se alude metafóricamente), siempre me ha parecido extraña, exagerada, fuera de lugar. Me chirría. Uno no tiene por qué ir siempre a la misma peluquería. Puede hacerlo, y de hecho suele hacerse, supongo que porque lo del corte de pelo es una cosa muy personal, y cuando conoces un sitio que te gusta, no siempre quieres arriesgarte a pasar por otro en el que quizás te hagan un estropicio. Pero no hay obligación alguna, eso es un prejuicio cultural heredado. Con el sexo pasa exactamente igual.

  2. Avatar de Sashimi Blues

    Voy al mismo peluquero desde mi primera comunión. Le fui infiel durante un tiempo. Vivía en otro país. Ahora nos separan 170 km. Organizamos fines de semana según necesidad capilar. Mi chico ya les es fiel. Y mi nena.
    Una de las cosas que me gusta de llevar el pelo corto es eso. Cortarlo.
    Querido Mendez. Te eché de menos. Rebienvenido

  3. Avatar de mar medina lópezmar medina lópez

    hola, ante todo mi respecto por Mendez. Lo digo porque no siento una conexión con su manera de escribir, se extiende demasiado y no me llega ni me siento identificada con sus experiencias. Sin embargo cuando leo los otros post del blog es como si fuera yo misma, me veo reflejada en cada una de las frases y eso me hace sentirme muy especial (es por lo que he decidido seguir este blog aunque fuera pagando). Su calidad merece la pena!!!!. Y prefiero empezar la semana leyendo un post que arranque con energía y que me remueva …..e insisto con todo mi respeto por Mendez.

    1. MendezMendez Autor

      Gracias por ser tan sincera Mar.

      Lo comentaba con Alena en la tarde. El post de hoy carece de impacto. En como “Amancer Parte 2″ no hay nudo ni nada. Se acaba y ya, a casa. Pero así me salió este post. Reconozco su falta de un “qué” pero mientras me escribía me enamoraba de la dignidad del texto consigo mismo. Es decir, el texto solo quería contar lo que cuenta y ya. Sin pretensiones.

      Es verdad que me extiendo. Le estoy tomando gustillo a esto que ahora se hace llamar “Slow Media” o “Slow Journalism”. Cada loco con su tema.

      No sé si has leído mis otros posts. Tampoco sé si leerás mis futuras entradas. Pero lo que sé, es que has seleccionado un excelente blog para seguir. Un blog que engancha y que, además de Alena, tiene varios colaboradores y distintas voces. Estoy seguro que en compañía de mis compis de blog te seguirás sintiendo muy a gusto.

      Por mi parte, lo único que puedo hacer es prometerte dos cosas: que seguiré escribiendo como me sale y que trataré de no volver a publicar en un lunes.

      r.
      :)

    1. Alena KHAlena KH

      Hola, Mar.
      A mí me encanta la gente sincera, siempre lo he dicho. ¡Olé por ti!

      La gracia de tener 5 colaboradores está en que cada uno tiene un estilo completamente distinto. Creo que, en cierto modo, el profesionalismo consiste en esto: dejar que cada uno se expresa a su manera. Eso intentamos:)

      Ya verás, Elisabeth también es muy diferente, y 4Colors, y Casiopea, y Nadarama:)

      Ya nos irás contando qué tal lo estás viendo.

      Un beso.

  4. CristinaCristina

    A mi me ha gustado .
    Y me he sentido identificada .
    Sobre todo en lo de “indefensión”
    L@s peluquer@s me parecen seres , que te pueden destrozar la vida en un segundo o mejorar tu autoestima de un plumazo y eso les da un poder que no me gusta .
    Soy la tía peor peinada de España .
    Y la más infiel
    Quizá es por eso .
    Escribe como te de la gana , yo creo que es lo que hay que hacer .

  5. XX

    Yo lo leí ayer pero no quise ser el primero en comentar. xD

    A mí me gustó, es verdad que parece que “no vaya a ninguna parte”, pero si se interpreta como una alegoría la cosa cambia, y en cualquier caso se lee fácil y bien.

    Dicho esto, quizá tenías que haber hablado con el dueño de CAMPAYO. A algunos peluqueros no les importa que de vez en cuando te cortes el pelo en otro lado, aunque no es lo más común. Pero que lo sepa de antemano, que igual sabiéndolo decide no aceptarte como cliente, eso ya es cosa de cada barbero… ;-)

    1. MendezMendez Autor

      Yo creo que a CAMPAYO le da exactamente igual. El pobre tío tiene cosas mejores de las que sufrir, como el preocupante estado del Espanyol. Ahí sí hay tela, y yo creo que hasta que el Espanyol no salga de zona de descenso, no es prudente que nadie vaya a cortarse el cabello allí. Ese brote psicótico y final trágico del que hablaba puede suceder en cualquier momento.

  6. RigarRigar

    Yo estoy como las más mayores de mi pueblo, les preguntas qué si tan mal están, por qué no se divorciaron en su día, a lo que ellas me responden: “Nene, !pues a dónde íbamos a ir!”.

    Al margen de esto, creo que tal vez no es muy acertado comparar una relación personal con otra “profesional” en ese sentido, simplemente los acuerdos contractuales son de naturaleza diferente.

    Corrígeme si me equivoco a la hora de interpretar el artículo pero se podría decir que; te cortas el pelo donde quieras “si te pica”, que salga bien o no es otra historia, pero que si te pica, te lo cortes que no pasa nada.

    Yo creo que nunca has estado enamorado de tu peluquero a pesar de sus buenos cortes, pero al margen de eso y como decía al principio, hay que coger esta comparación con pinzas. La estoy releyendo y no sé si tengo claro lo que sacar en conclusión.

    1. MendezMendez Autor

      Me gusta tu comment. Te respondo a algunas preguntas implícitas:

      • Es comparable, desde mi punto de vista. Porque como comenta Espoir, más abajo, “La lealtad absurda es un sentimiento fortísimo”, y añado yo, la lealtad se da enter personas que tienen una relación o un compromiso. En el caso de cortarse el cabello no hay compromiso, pero si hay “Engagement”. Eres fiel a la marca, y en este caso, a la marca de un profesional. Tal fidelidad no se debe solo a los atributos del producto sino a la ‘experiencia de compra y consumo’.

      • Precisamente, el post / relato (que no es lo mismo que artículo) va de que NO me corto el cabello “donde me pica”. Justamente por eso tardé tanto en cortármelo. No podía hacerlo donde quería (CAMPAYO) y lo fui dejando hasta que tuve que hacerlo. El ‘tagline’ es que no pasa nada, e incluso en este caso fue hasta mejor. Pero eso no lo sabía yo antes de conocer al barbero de Aribau con Córsega.

      • Es cierto, nunca he estado enamorado de mi peluquero. Quizá este sea el inicio de mi primer gran amor peluqueril y ese quizá, es suficiente para la comparación. Que no te guste la comparación, porque no te sientes identificado, es otra historia.

      Sin embargo, aprecio tu comment y el tiempo que te has tomado para hacerlo. :)

      • El post no fue escrito para tener una conclusión. Y si la hay, ya la has encontrado tú “te cortas el pelo donde quieras “si te pica”, que salga bien o no es otra historia, pero que si te pica, te lo cortes que no pasa nada”.

  7. EspoirEspoir

    La lealtad absurda es un sentimiento fortísimo, y eso lo sabemos muy bien los que somos de pueblo. Desde que naces hasta que te largas de casa para ir a la universidad compras las bragas en el mismo sitio. Cuando sales al gran mundo y decides gastarte tu primera paga conseguida como empleada en un fast-food en un conjunto de La Perla (el más barato que encuentras) crees que los ojos con rayos X de la corsetera Margarita son capaces de captar que ya no llevas sus bragas de algodón Avet. En todo caso, cuando tu madre te comenta que se ha comprado un cruzado mágico y que Margarita le ha preguntado por ti no puedes evitar cierto remordimiento cual tacto de seda en las partes íntimas, es decir, satisfacción en realidad. Conecto tremendamente con este post de Méndez y por cierto, Alena, ayer fui als Quatre Cantons y te envían saludos :)

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