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Convivencia: las normas

Estáis tan enamorados que la economía doméstica es el último asunto que os apetece tratar. Follar sin parar es vuestro único objetivo. El tema del dinero os parece cero romántico y algo secundario. Os entiendo.

Convivir no es lo mismo que coexistir. Sin embargo parece que muchos no lo tienen claro. Hay tres tipos de parejas: las que van a vivir juntos por ilusión, las que lo deciden por necesidad o comodidad y las que lo hacen porque toca, o sea, por bien social y familiar. Las primeras se subdividen en dos grupos: las que se conocen hace relativamente poco planteándolo como una gran aventura y las que han tomado una decisión meditada. Por norma general, esos últimos suelen ser los únicos que sobreviven a la experiencia.

Yo soy partidaria de hacer las cosas cuando más me apetecen y sin pensármelo demasiado. Todas. Salvo tomar la decisión de vivir en pareja. Hace unos años que he detectado cuáles son las normas básicas de convivencia para que nadie salga herido de la aventura. Compartí el hogar con tres de mis ex parejas. En las condiciones completamente diferentes: tanto emocionales, como económicas. Os lo voy a ir contando a lo largo de este post.

Pero volvamos a la división anterior: el peor de los casos es convivir por obligación o, como solemos decirlo,  “juntarse por lógica”: yo pago mi piso, tú el tuyo, pero pasamos tanto tiempo juntos que lo más sensato es compartir los gastos y el espacio.

1. La decisión de ir a vivir juntos no se plantea a través del bolsillo o el amargamiento.

Jamás. La única manera de averiguar si os apetece compartir el techo, la lavadora y los ronquidos es estar a gusto tal como estáis: tú en tu espacio, él en el suyo. “Mis compañeros de piso son lo peor” no es un motivo para juntarse. “No puedo pagar la vivienda” no es una razón para aliviar tu malestar económico con la ayuda de tu pareja. Convivir debe ser una ilusión: auténtica y desinteresada. Se puede estar enamorado y compartir piso con una amiga. Una cosa no conlleva la otra.

Ese fue el error que cometimos con mi tercera pareja. Sí, estábamos bastante más desahogados a nivel económico pero, al centrarnos en lo material, fallamos en todo lo demás. Duramos ocho meses y, al separarnos, nos odiábamos con la misma fuerza con la que, supuestamente, llegábamos a amarnos un año antes.

2. “¿En tu casa o en la mía?” es otro de los errores frecuentes tras la decisión.

Vamos a ver: tú tienes tu hogar en el que las cosas van a tu manera, él tiene sus normas y costumbres en el suyo.

Si uno de los dos viene a vivir a casa del otro, siempre van a surgir problemas.

En el caso de mi segunda relación, esa fue la razón de la separación tras dos años de convivencia. Él tenía un piso mil veces mejor que el mío y, sin dudas, decidimos que la que tenía que mudarme era yo. Inconscientemente nunca me sentía con los mismos derechos que él. Su Nuestro apartamento estaba decorado a SU gusto y, cada vez que quería poner algo mío, le pedía permiso. Ni siquiera me daba cuenta de ello. Él, por mucho que intentaba disimularlo, se sentía intimidado. El armario se dividió en dos, en su baño aparecieron millones de cremas y mi oso de peluche le sacaba de quicio. Es más, si las cosas no iban bien, su subconsciente me trasmitía el mensaje: “si no te gusta, te vas” y, finalmente, tuve que volver a cambiar de casa.

Lo ideal es construir vuestro propio “nidito de amor”: decidir dónde van cada una de las cosas, cuáles son las normas y tener claro que es el hogar de los dos: así que no hay propietario e inquilino y que una separación pacífica (de las raras) conllevará a la mudanza de ambos.

3. “Ya hablaremos de dinero más adelante”. Error.

Estáis tan enamorados que la economía doméstica es el último asunto que os apetece tratar. Follar sin parar es vuestro único objetivo. El tema del dinero os parece cero romántico y algo secundario. Os entiendo. A mí también me lo parecía en la primera de mis relaciones. Pero me equivoqué.

Simplificarlo con “pagamos a medias y ale”  tampoco es una salida. Os guste o no: tenéis que dejar de follar un rato y ponerse serios. Es completamente imprescindible para evitar los disgustos en el futuro.

Mi teoría de porcentajes (TDP) la mencioné en uno de los antiguos posts: consiste en dedicar un porcentaje de sueldo a la vida en común.

Ejemplo: Ella gana 1500. Él 4000.

Tienen un piso en alquiler de 1000€. ¿Es justo que paguen 500 euros cada uno? Creo que no. A ella le supone un 33% de su sueldo, mientras que a él: un 12,5%. Lo lógico en este caso sería que cada uno aporte un 20% de su sueldo: Él -800, ella-300.

Si uno de los dos cambia de empleo o se queda en el paro- se cambian los importes. Lo mismo se hace con gastos de casa/supermercado.  Se calcula cuál era es gasto máximo de comidas, luz, gas y todo lo demás y se aparta un porcentaje a una cuenta en común. El resto- para cada uno.

Una de mis amigas, tras criticar la teoría, decidió hacer el experimento con su pareja. Desde entonces no tienen más problemas. Me decía: “Carlos nunca me ha recriminado nada, pero yo no me sentía bien. Él gana bastante más que yo. No me parecía justo que lo pagara todo él. Me sentía humillada. Pero tampoco podía seguirle el ritmo y pagar lo mismo que él me quedaba sin un duro para mis cosas. Cada vez que se lo decía, me daba dinero, pero me sentía todavía peor. Entonces le propuse tu TDP y ahora estoy tranquila.”

La entiendo. En mi primera relación yo ganaba considerablemente más, en la segunda- todo lo contrario, pero la TDP me solucionó la vida

4. Evitar la rutina a toda costa es una confusión muy común.

Decisión tomada: ha llegado el momento de dar el gran paso y compartir no sólo las vivencias buenas y malas, sino también la rutina. Percibimos a la rutina como algo negativo, relacionándola con un aburrimiento, un principio de un gran fin, un veneno que nos mata poco a poco. Parece que hoy en día, como las parejas exponen su “gran” vida amorosa en todas las redes sociales, estás obligado a pasar el día escalando las montañas, sorprender a tu novio, inventar cosas que hacer, no tener un horario establecido ni costumbres en común. “Peli y manta” se convierte en una señal clave de que algo va mal y “no salimos desde hace dos semanas” en una alerta de que lo vuestro es un asco. Sin embargo, la rutina no significa aburrimiento, sino algo de estabilidad en vuestra caótica vida y eso nunca viene mal. Eres incapaz de valorar algo extraordinario si toda tu vida lo es. Y, como todo, el exceso de cualquier cosa se convierte en algo común y cansino. ¿No te pasa que, tras escuchar una canción unas diez veces, ya no te emociona igual?

La abundancia de los acontecimientos apasionantes produce una carencia de las emociones. Suena a algo ilógico pero no lo es. Podríamos compararlo con las agujetas que nos produce experimentar las nuevas posturas en el sexo: lo disfrutas mucho, pero al día siguiente no puedes ni moverte del cansancio. En resumen, hasta la vida más excitante puede provocar una fatiga.

Es por eso, que en una convivencia hay que saber combinar los días de “hazte la maleta y nos vamos” con los de “no me muevo del sofá”. Ni unos son demasiado buenos, ni los otros son excesivamente malos.

5. “Ahora que vivimos juntos, tú y yo somos uno” es una gilipollez.

Sois dos. Tú sigues teniendo tus hobbies y él los suyos. Los amigos no tienen por qué ser de los dos y las redes sociales no deben tener una contraseña compartida. Nadie te da derecho a preguntar “¿quién es?” cuando recibe un whatsapp o prohibirle hacer las cosas que hacía antes de vivir contigo. Vivir juntos no le convierte en una parte de ti, pero sí de tu día a día. Así que, resumiendo, no hay derecho de exigirle su parte de intimidad por el simple hecho de compartir un hogar.

6. “Vale, lo hago yo” como de costumbre.

Las primeras semanas de convivencia son esenciales a la hora de establecer una rutina de las tareas de casa. Me parece muy bien que te apetezca cocinarle a pesar de que odies hacerlo o que decidas que no te cuesta lavar los platos mientras que él ve la tele. Te puede parecer extremadamente romántico cargar la lavadora con sus calcetines un par de veces a la semana. A él le puede encantar ir a hacer la compra solo porque tú estás sumergida en “Gandia Shore”. Pero, probablemente, en unas semanas acabaréis amargados.

No tienes que obligarte a hacer las cosas que no te gustan sólo porque estas enamorada. Se comenta y se soluciona.

Resumen:

La vida en común no es tan complicada como parece si la preparación es la adecuada. Sí, la espontaneidad es muy recomendable en muchas de las cosas, pero de la misma forma que no te decidirías por un empleo sin saber el sueldo ni los horarios, no deberías empezar la convivencia sin una buena negociación de las condiciones. No por hablar de sueldo, el empleo te va a parecer menos interesante, ni por hablar de las cosas de pareja la convivencia va a resultar menos romántica.

Todo el mundo trabaja más a gusto si se siente recompensado por lo que hace. Las relaciones no son una excepción.

P.S: Si te interesa cómo mantener la llama y no morir en el intento, puedes leer este post.

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26 comentarios

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“La abundancia de los acontecimientos apasionantes produce una carencia de las emociones.”

26 COMENTARIOS

  1. VickyVicky

    Tienes razón en lo del piso y los gastos pero discrepo en lo del “preguntar “¿quién es?” cuando recibe un whatsapp o prohibirle hacer las cosas que hacía antes de vivir contigo”.Yo siempre pregunto porque tengo derecho a estar informada. Su vida también es mi vida.

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  2. MiriamMiriam

    Pues yo opino lo mismo que Alena, no se debe preguntar quién le manda el mensaje y su vida no es tu vida, la base de la relación tiene que ser la confianza y si esta falla no puede funcionar. Si uno de los dos se siente controlado o poseido por el otro es fácil que se agobie. Y también pienso que para durar muchos años hace falta que los dos conservemos nuestra propia identidad (hobbies, amistades, intimidad) creo que es la parte más importante y alguna gente po confunde con ir cada uno por su lado y tampoco sería lo correcto… Se trata de coexistir y quererse.

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    1. CristinaCristina

      Yo he leído tu comentario .
      No se lo que pasa que no me deja comentar tu blog
      Es una visión poco romántica y realista del tema .
      Pero acertada .
      Una pena porque cuando te enamoras si que te apetece vivir juntos SÓLO para ir mucho juntos al cine y kikis ( se me había olvidado esta palabra)
      Pero es verdad que ir a vivir con alguien es tener una vida de ser humano adulto y eso incluye otras cosas .

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  3. EspoirEspoir

    Vaya! Monsieur me ha cohibido un poco, yo no tengo blog para mis acostumbradas largas respuestas…. Diré pues solo dos cosas: la convivencia en pareja está sobrevalorada, e infravaloradas las posibilidades del living together apart. Y dos, yo tampoco toleraría que alguien me preguntara quién llama o quién me envía mensajes, de la misma manera que no lo pregunto yo -y no porque no me importe, que a veces sí me gustaría saberlo; pero me reprimo porque no es asunto mío, y punto. Decir que la vida de alguien también es mía porque estemos juntos me parece extremo hasta rozar la posesión enfermiza; es hacer bueno aquello de «la maté porque era mía».

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    1. monsieur le sixmonsieur le six

      Vaya, no era mi intención cohibir a nadie :P Es sólo que un comentario demasiado largo quizás entorpece un poco la lista de comentarios. Por eso esta vez he hecho una excepción. Me interesaba comentar el tema más extensamente.

      Yo también estoy completamente de acuerdo en el punto 5 de Alena: cada uno debe tener su vida. Es cierto que al convivir, una parte de tu vida pasa a ser en común; pero si no te queda ningún rincón de intimidad, ningún espacio para tus propios pensamientos, tus propias aficiones, etc., en general la estás cagando. Yo nunca podría estar con una mujer posesiva que me dijese que mi vida también es la suya.

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  4. Avatar de Ronronia AdramelekRonronia Adramelek

    En mi opinión te falta un factor de riesgo fundamental: las respectivas familias. La familia, el dinero y las tareas domésticas son para mí las tres mayores fuentes de tensiones en una pareja y tener visiones muy distintas de cómo gestionar alguna de las tres pueden resultar al final irreconciliables.

    Un ahorrador conservador al que le da tranquilidad tener un amplio “colchón” en el banco es incompatible con alguien al que le guste mucho gastar y siempre tenga la cuenta a cero (ya ni pensar con alguien de cuenta en números rojos y crédito agotado en la tarjeta) salvo que acuerden previamente separar del todo las economías: tú tu cuenta, yo la mía y ni siquiera vamos a tener una cuenta en común, que no quiero acabar en el fichero de morosos del Banco de España por tu culpa. Y aún así, incompatibles.

    Con las familias (y los amigos, que son familia ampliada) pasa lo mismo. En un extremo está la gente para la que “su casa es su castillo” y no están ni cómodos ni a gusto con nadie durmiendo en casa y tampoco les agrada demasiado preparar reuniones allí. En el otro están aquellos que quieren que sus padres y sus siete hermanos tengan llave y puedan entrar y salir a su antojo y sientan que “mi casa es la suya” incondicionalmente. Entre medio hay todos los niveles pero es importante saber en cuál de ellos se está y pactar a priori cuál va a ser la política de alojamiento de familia y amigos. También es fundamental conocer a las respectivas familias porque al final siempre terminas “casándote” un poco también con ellas y que una persona sea maravillosa no implica necesariamente que su familia también lo sea.

    Y luego está que, hay que ser realistas, los pactos tienen futuro si las posturas no están demasiado alejadas porque cuando lo están, cuando uno no quiere visitas y el otro quiere tener todo el día la casa llena, por justo que sea el acuerdo al que lleguen al final van a estar ambos tragando ruedas de molino un día sí y otro no y, por mi experiencia, las ruedas de molino acaban indigestándose hasta que llega un punto en el que no te cabe ni una más. Con el dinero ocurre lo mismo, claro, y con cualquier otro punto de roce en el que los gustos sean suficientemente opuestos. Hay relaciones que no soportan la convivencia o la soportan solo si estás siempre juntos en una o en otra, pero manteniendo las dos casas.

    Y para ser realista del todo, en los tiempos que corren la mayoría de la gente prácticamente no puede mantener una casa, así que dos… Por eso el punto “hacer un nidito que sea de los dos” muchas veces tampoco es posible, porque una mudanza de una casa montada cuesta dinero, cancelar un préstamo también, el préstamo puente para cambiar de casa ni te digo, etc, etc. Y de la misma manera, hay gente que no se puede permitir tener economías separadas porque necesitan ambas para salir adelante.

    De todas formas, tampoco pasa nada por intentarlo aún sabiendo que tiene todos los números de salir fatal, si te hace ilusión y te quieres. Romper una convivencia tampoco es una tragedia y no está mal ir adquiriendo práctica, entendiendo lo que no quieres y lo que no aguantas, porque con cada nueva pareja tienes las cosas más claras y más claras las dejas desde el principio.

    Lo del living together apart, que dice muy bien Espoir, lo tienen clarísimo las agüelas, que saben latines, las tías. Las amigas viudas de mi madre tienen novios, pero de vivir con ellos nanay, que dicen que prefieren verlos guapos, arreglaos y con ganas de juerga, que tirados en pijama y pantuflas y morgoneando :) ))))

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    1. EspoirEspoir

      Vaya! De jovencita siempre me decían que era muy madura para mi edad, es lógico que el tema culmine en tener opiniones de anciana a mis 34 años… ;) Coincido también en que romper una convivencia o una pareja no es ninguna tragedia. Es más, en nuestras latitudes esas cosas, pese a la rémora de la moral católica, siempre se han llevado con naturalidad. Son las putas películas americanas las que han convertido nuestras solterías en dramas y en carreras de obstáculos hacia el compromiso, y las separaciones en momentos «antes muerta que dejarme ver divorciada en la urbanización». Ayer vi una en la tele una mierda llamada La Sonrisa de Mona Lisa que aún me tiene en ascuas. Con mujeres a las que les guste ese tipo de mensaje y gente que se lo ofrezca, aviados vamos.

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  5. CristinaCristina

    La convivencia de una pareja creo que es en una de las cosas de la vida donde más inteligencia hay que derrochar .
    Es muy difícil hacer equilibrios con las familias respectivas , el “quien” plancha , los gastos comunes y mantener tu libertad al mismo tiempo que compartes una vida .
    El amor no es suficiente .
    Y eso es una gran putada .
    Para mi tampoco es una tragedia descubrir que eres más feliz viviendo sola y eso es compatible con mucho amor y mucho sexo …..

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      1. XX

        O que uno lave y otro planche (y si los dos prefieren la misma tarea, un día uno y otro día otro). Que no es fácil, pero hay soluciones más… entrañables que ir cortando por lo sano en todo. Lo que pasa es que en este blog estáis todas de vuelta de todo y no sois nada románticas. ¡A la hoguera! :D

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        1. EspoirEspoir

          Efectivamente!, estoy de vuelta de lavar y planchar calzoncillos (a él le encantaba y yo lo hacía con todo mi amor) y recibir a cambio braguitas finas con las gomas abrasadas por haberlas lavado a 90 grados :-) Diferencias con la escena de hoy en día? Que puedo pagar alguien que lave y que ya casi nunca llevo bragas finas,
          todo en algodón negro y a correr,
          Y mi vida es maravillosa!

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  6. caro

    Me hubiera gustado leer esto hace 2 años, antes de empeza a vivir con mi novio. Pero bueno, te descubri un poco tarde. Estoy de acuerdo en casi todo, la unica parte en la que no me acomodo muy bien con lo que piensas (probablemente por mi experiencia) es la del punto # 3, EL DINERO!

    En mi caso, yo soy quien gano mas y tambien quien ahorra mas. Y no me parece justo que tambien fuera yo la que pagara mas. Siempre he pensado que detras de una gran persona, hay una gran pareja, y siento que si no “empujas” lo suficiente a tu compañer@ dificilmente se aventara a ir por mas, me explico?

    Que comodo seria para muchos, el decir “no tengo trabajo, no tengo dinero, no puedo pagar” y dejar que la otra persona se parta el lomo trabajando y pagando mas. Una cosa es querer ayudar y hacer un esfuerzo con la pareja para servirle de apoyo, mas no para acolchonar su situacion (llamese mala suerte, conchudes, hueva, desempleo, mediocridad, etc etc etc).
    Mi mama siempre me ha dicho que necesitas “educar” a la pareja, y que si desde un principio aceptas y/o permites cierto tipo de responsabilidades (por llamarle de alguna forma) despues sera mucho mas dificil cambiarlo.

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  7. PipahPipah

    El punto numero 5 es el que la mayría de parejas cometen una y otra vez. Y si les comentas algo, ¡la mala eres tu! Cuando luego les va mal y vuelven a ti y les dices “ya te lo dije” es aun peor. Tiene que ser todo equilibrado para que funcione.

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