como una espina en la encia me hizo entender mis errores
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Cómo una espina en la encía me hizo entender mis errores

Me pasaba mucho últimamente: cuando algo, por muy pequeño que fuese, no funcionaba en mi entorno, cuando algo no salía como yo quisiera- sea por descuido o por una casualidad, me empeñaba en centrarme en ello, y todo lo demás carecía de importancia.

Cada vez que hago daño a una parte de mi cuerpo, en vez de cuidarla, reflexiono. No me malinterpretéis. Nada de inclinaciones masoquistas. Nada de autolesionarse. Pero el día que me enganché el dedo en el fregadero, entendí las relaciones tóxicas, y saqué conclusiones. Unos meses más tarde, una espina clavada en la encía me hizo ver que no vivía de una manera correcta.

Os pongo en la situación. Fui a un restaurante que está de moda.  Me siguen pasando ese tipo de cosas: niego ser moderna y a veces me da por ir a los lugares modernos. Creo que en el fondo soy una moderna frustrada y voy de antimoderna a modo autoengaño.  Más de uno caemos. No soy una excepción.

Para rematar, la especialidad de la casa era pescado. No me preguntéis qué tipo de pescado fue, no tengo la más mínima idea, porque como todas las modernas no me importa la calidad sino la foto. En este casi no iba para Instagram. Directo al whatsapp para mi madre que siempre me regaña por no comer pescado. Se le olvida que ella misma me ha educado para comer carne. En todos los sentidos. Fiel hasta la médula.

Pedí pescado. No un filete, ignorando por completo que existe pescado con espinas. Me pasa exactamente lo mismo con los hombres: veo filetes tiernos y, unos meses después, una espina gigante se me atasca en la garganta, suavemente, sin señales de peligro, y unos minutos más tarde, me perfora el esófago.

Mientras que las espinas masculinas se me acumulaban en la garganta, la de pescado se alojó suavemente en mi encía. Segundo plato, postre, cuenta y a dormir. A la mañana siguiente me levanté con una mejilla normal y la otra de hámster. Maravilloso.

Médicos y más médicos, inyecciones, pequeña intervención y, parecía, que la cosa tenía que ir a menos hasta el día siguiente. Ojalá fuese igual de fácil con los hombres atravesados. Pero no.

La misma noche, antes de dormir, me desmaquillé y limpié el rostro (como siempre), puse mi crema de contorno de ojos (como siempre) y la hidratante (como siempre). En ambas partes de la cara. Sin alterar mi rutina habitual. Es ahí cuando me dí cuenta de que si en mi vida aprendiese a actuar de la misma manera, todo sería mucho más fácil. Todo. Absolutamente todo.

La revelación me asombró. Por patética. Por idiota. Por simple. Por los treinta años que me había costado llegar a ella. Fue tan ridícula, cotidiana y, a la vez, desesperada, que me quedé delante el espejo observando mi mejilla inflamada, comparándola con las inflamaciones sin importancia que tenía mi vida infectada por problemas mezquinos, saturados de espinas clavadas en las encías de mis días llenas de sonrisas. Inflamadas y no tanto.

A pesar de estar completamente dolorida, a pesar de estar hinchada de pastillas, a pesar de maldecir todo el pescado del mundo mundial, yo estaba allí, siguiendo con mi rutina de cremas y cuidados personales. Si era capaz de no olvidarme de cuidarme, obviando el dolor al tocar mi cara, ¿cómo es que no me salía seguir con mi vida cuando un problema mínimamente importante aparecía en mi vida?

Me pasaba mucho últimamente: cuando algo, por muy pequeño que fuese, no funcionaba en mi entorno, cuando algo no salía como yo quisiera- sea por descuido o por una casualidad, me empeñaba en centrarme en ello, y todo lo demás carecía de importancia. Podía tener un trabajo estupendo en el que me sintiese realizada, podía tener mi familia sana y feliz, podía estar rodeada de gente maravillosa pero, si la espina en forma de hombre me intentaba perforar mi garganta de ex cantante, me hundía. Y no había nada absolutamente nada, que me pudiera sacar de la negatividad orientada a mi supuesta desgracia. Lo mismo me sucedía con lo laboral: si no me sentía completa, no me fijaba en lo maravillosa que era conmigo la persona a la que más quería. La que estaba a mi lado.

Cualquier problema algo más grave que una rozadura de zapato o un descubierto en la cuenta bancaria a 24 horas de cobrar mi sueldo, se convertía-inmediatamente- en el protagonista.

Y no. Eso no es vida.

La vida sin problemas es mucho menos agradable que el pescado sin espinas. Las inflamaciones se llaman así porque algo, supuestamente inflamable, se inflama. Las cosas que no se pueden inflamarse, las que no tienen peligro de una infección, de daño o molestia, no tienen vida. Algo que no tiene peligro de doler, carece de sentido. Porque está muerto.

Las relaciones duelen y sólo nos damos cuenta de su existencia cuando sacan pus, cuando no nos dejan dormir, cuando nos provocan nauseas e insomnio. Cuando estamos en pleno derecho de maldecir, de quejarnos, de llorar. Porque no sabemos describir la alegría. Porque apenas existen canciones sobre la felicidad y si las hay, pocas triunfan. Porque la vida de la mayoría se basa en sobrevivir entre una infección y la otra. Porque son emocionantes. Son memorables. Son las que marcan momentos.

Llegamos a una edad (no necesariamente física) en las que nos aficionamos a visitar los médicos. Porque allí, en la sala de espera, hay más desgraciados con dolencias, quizás, mucho más graves. Se convierte en nuestra única forma de alegrarnos: a mí me han robado los anillos, pero ésta ni siquiera tiene manos.

Entendí que nunca más un problema me quitaría las ganas de disfrutar del resto de las cosas que tanto me hacen feliz. Porque ahora ya sé que no comer pescado no me salva de encontrarme una espina. Pero, mientras mis encías están sanas, debería darme cuenta de lo afortunada que soy. Y el día que sangren, seguiré poniéndome la crema y lavándome los dientes. Como si nada hubiese ocurrido.

Y es que, además de dientes, también tengo ojos, manos y piernas. Y están sanos.

Así de banal todo. Así de simple.

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Algo que no tiene peligro de doler, carece de sentido. Porque está muerto.”

3 COMENTARIOS

  1. monsieur le sixmonsieur le six

    Las cosas que no se pueden inflamarse, las que no tienen peligro de una infección, de daño o molestia, no tienen vida. Algo que no tiene peligro de doler, carece de sentido. Porque está muerto.

    Esto es muy bonito, Alena :)

    Yo también me preocuparé el día que nada me duela. Quizás el día que no salga sangre de algún lado, lo que pase es que ya no hay sangre que pueda salir.

  2. Nerea del Moral AzanzaNerea del Moral Azanza

    Me alegra que hayas llegado a esa conclusión Alena. Yo tengo 38 y justo me dí cuenta de lo mismo con 30. No sé qué me pasó, fue cumplir esa edad y madurar de golpe. Lo había pasado muy mal por una enfermedad congénita: años de depresión, a pesar de ser una persona profundamente optimista, la química y la genética son así. No sé si fue a raíz de que salí de aquello que empecé a valorar todo más, y sobre todo y ante todo: lo bueno. Siempre adelante cielo…

    Mua

  3. Avatar de ReneeMilaniReneeMilani

    Siempre que escribes me siento identificada, por vivencias o experiencias. Pero este relato en especial me ha llegado muy dentro. Algunos piensan que una golondrina no hace verano, sin embargo cada buena idea que decidimos hacer realidad es capaz de cambiar el rumbo de esta vida, y me alegra que hayas tomado la decisión de hacer tu idea una realidad, porque estoy segura que con ella estas cambiando el rumbo de mucha gente, para una una vida mejor.

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