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Sociedad

Cinco consejos de una “ex yupi”

En realidad, lo que le diferencia a un amargado de un feliz no es el éxito, ni dinero que tienen en el banco, ni siquiera la existencia de una pareja perfecta o un proyecto cojonudo.

Cuántas veces he oído eso de “Tú vives en los mundos de yupi”. Cuántas veces me había enfadado por ello. Y cuántas veces, incluso, me alegré por haberlo oído. Muy contradictorio todo, pero muy cierto. En ambos casos.

Mi “yupisimo” tuvo sus épocas muy malas. Aquellas en las que no era del todo consciente de lo que estaba haciendo, apostando por ser feliz sin más. Yo siempre pensaba: si mañana me dicen que tengo un tumor cerebral, estaré tranquila (relativamente, claro), porque sé que no hay cosas que no me atreví a hacer hasta ahora. Escuchaba a los que decían: cuando sea viejo y me muera, quiero mirar atrás y estar satisfecho por haber hecho las cosas tal y cómo lo quería. Yo quiero decir lo mismo a los 30, los 40 y los 50. ¿Para qué esperar hasta cubrirme de canas?

Pero poco a poco he llegado a la conclusión de que ser feliz no sólo consiste en sonreír cual imbécil y pensar: bah, no me importa nada. En absoluto. Ser feliz, según mi experiencia, es saber que lo que te está pasando, quizás, es una putada tremenda, pero aún y así, siendo completamente consciente de ello, aprender a disfrutar de las pequeñas cosas que rodean a la gran putada. Darle más prioridad a tus valores y defender lo que haces, antes que entrar en un bucle de autodestrucción.

Mi madre solía decir: “Puede que creas que has hecho mal algunas cosas. Puede, incluso, que así sea. Pero las cosas buenas que te están pasando en este momento no habrían sido posibles si no hubieras actuado como has actuado. Si finalmente las cosas te salen como tú querías, algo habrás hecho bien.” Muy optimista mi madre. Eso de “yupismo” lo llevamos en los genes, creo.

Hay una diferencia enorme entre la falsa motivación acompañada de una felicidad ficticia y la felicidad real. Aquella que no va acompañada de nada.

La felicidad real no tiene porque ser absoluta ni darte ganas de volar y de besar todo lo que ves. La felicidad, al menos en mi caso, es la satisfacción de mi día a día. Al fin y al cabo, si haces algo con ilusión y constancia, acabas donde quieres acabar. O muy cerquita de ese lugar o estado.

Pero, tras años de vivir a lo loco, he aprendido que tengo que prever.

Me he dado cuenta de que hacer lo que más te gusta no es una cosa absoluta ni tiene por qué ocupar el 100% de tu vida. Como ya lo había dicho antes, hay que prever. Hay que tener un plan B, un plan C y un D. Luego sí, probablemente resulte que el plan A no funciona, que los guionistas de tu vida deciden rodar capítulos nuevos e imprevistos y todos los demás planes de la B a la Z se joden por completo. En realidad, eso da igual. El hecho de tenerlos, te hace sentir más respaldado, aunque el respaldo resulte ser de papel, y te hace romperte la espalda. En realidad, tener más opciones para “en caso de” parece una tontería pero, para te hace ver que no te quedas quieto, que tu mente sigue funcionando, que eres consciente de lo que puede ocurrir. Y eso es muy valioso. Para uno mismo y para los que están a tu alrededor y te apoyan incondicionalmente. Porque está bien tener a gente así a tu lado, pero tampoco hace falta aprovecharse de ellos cada dos por tres.

A día de hoy he podido encontrar cinco normas para mí misma que me funcionan de maravilla. Son aplicables a todo: trabajo, amistades y, como no, las relaciones.

La primera es: haz lo que te hace sentirte lleno.

Quizás mañana sea otra cosa, no pasa nada. Ninguna de las acciones va a ser tiempo perdido, porque cada una de ellas te ha llevado hacia donde estás. No está mal cambiar de planes o de opinión. Cualquier cambio es un resultado de tu gran trabajo interior y la evolución personal. Haz lo que te apetece, pero no te flipes. Hay cosas prioritarias: obligaciones, responsabilidades y necesidades que tienes que cubrir. No empieces a gastar todo tu dinero o aislarte para crear. Una cosa es hacer lo que te apetezca, y otra, ser gilipollas. Dedícale un porcentaje importante a tus sueños e ilusiones, pero no te olvides de lo esencial. Y ten un plan B. Igual, repito, no servirá para nada, pero ayuda a superar los miedos.

La segunda es: una cosa es hablar, otra- hacer.

Así de fácil y en todo. “Me voy a sacar una carrera”, “Le dedicaré todo el tiempo libre a mis hijos”, “Quiero abrir un negocio”, “Voy a ser la mejor pareja del mundo porque se lo merece”, “Dejaré mi trabajo porque no me hace feliz”, “Apadrinaré un niño”, “Voy a dejar de fumar” y así hasta el infinito. Hay dos tipos de personas (como siempre, ¿eh?): los que dicen y los que hacen. Diréis que también hay los que dicen y hacen, pero en realidad no es cierto. Los que hacen no necesitan decirle nada a nadie. Y los que hablan mucho, hacen poco. En todo.

La tercera es saber ser flexible.

Nadie es como tú (importantísimo para evitar que las personas te decepcionen), ni actúan como tú actuarías, ni el mundo es exactamente como tú quieres que sea.

No puedes obligar a nadie que te quiera como tú quieres que te quiera, que actúe como tú piensas que debería actuar o esperar de una persona algo en concreto. Lo que tienes que saber es valorar lo que uno hace y por qué lo hace. Después definir si eso te llena o no. Es así de fácil.

Tengo una amiga que está muy enamorada de su novio, pero tiene un “problema”: su novio es más pobre que una rata. Diréis que no tiene importancia. Ojo, no la tiene hasta que planean cosas en pareja. Y ahí vienen los problemas. Me dice: “Ojalá tuviese un buen trabajo. Sería un novio perfecto”. Pero a su alrededor hay miles de hombres con un trabajo de puta madre y un sueldo de escándalo, pero… no está enamorada de ellos, sino de su novio. Un novio que, por cierto, no es que se dedique a rascarse los huevos todo el día, sólo que está pasando por una mala racha, como tanta otra gente en este país.

Pues mira, hija. Todo es cuestión de prioridades y de dejar de imaginarte el mundo en el que tanto te gustaría vivir. Porque las cosas son las que son y jamás van a funcionar de la manera exacta que tú te habías planeado en tu cabeza llena de algodón de azúcar. ¿No te pasa que cuando buscas un zapato en concreto, uno que tú has diseñado en tu mente, no encuentras nada por el estilo? Puede que no exista. Es así de fácil. O puede que sí, pero tú, hoy en día, no lo vas a encontrar, porque lo venden en Buford.

La cuarta es: tener a alguien que te apoye.

Me hace mucha gracia eso de que “Lo esencial es que confíes en ti mismo y no importa lo que piensen los demás”. Muy bien, chato, la autoestima es tu prioridad, pero vives entre la gente. Y sí es cierto que la mayoría de los que te rodean no tienen por qué apoyarte para que hagas lo que tú crees necesario. La cuestión es centrarte en una persona en concreto que confía plenamente en ti. Esa es la que necesitas. Entre esta multitud siempre hay alguien a quien le pareces excepcional. Y oye, en los momentos de bajón es imprescindible ver que no todo el mundo está en tu contra. Nadie es tan sumamente fuerte como para creerse el mejor. O sí, pero suelen ser insoportables. Pero… ¿Qué sentido tiene rodearte de la gente que piensa que tu trabajo es una mierda? Lo que para unos es una mierda, para otros es cojonudo. No lo olvides.

Y la quinta es: todo es más llevadero con un buen vino, una buena música y un abrazo de verdad.

Relativizar es una una buena herramienta para no pegarte un tiro. En realidad, lo que le diferencia a un amargado de un feliz no es el éxito, ni dinero que tienen en el banco, ni siquiera la existencia de una pareja perfecta o un proyecto cojonudo. Lo único que los distingue es la capacidad de ver en vez de mirar.

Muy gracioso eso de comprar tazas motivadoras y colgar posters con frases azucaradas. Pero en el fondo lo más bonito es madurar sin llegar a pudrirte. Y la madurez consiste, básicamente, en saber que todo se acaba. Tarde o temprano.

Va, una sexta norma de propina. Va con las relaciones.

Si una relación te resta en vez de sumar, fuera. Está claro que no hay que ser egoístas, que todo el mundo tiene un mal día e incluso una mala temporada. Pero una relación no es la familia, tú la escoges. Tiene que alegrarte, porque para amargarte ya están todos los demás. La regla de oro: un acto no es lo mismo que una actitud. Se puede cometer errores y fallar. Pero la actitud es lo que cuenta.

Puedes ser guapa y salir mal en las fotos. No por ello eres fea. Me entiendes, ¿verdad?

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Alena KHPor
Alena KH

La palabra “ex” me ha acompañado durante gran parte de mi vida. Soy la ex-soviética, la ex-esposa, la ex-bailarina.

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“Puedes ser guapa y salir mal en las fotos. No por ello eres fea.”

5 COMENTARIOS

  1. Avatar de Tania PérezTania Pérez

    Buenos días,
    Me ha encantado el artículo y comparto todo lo que dices excepto lo de “la madurez es aceptar que todo se acaba, tarde o temprano”. En serio? No suena un poco a resignación? suena más bien a…”si acepto q mi relación se acabará, me preparo el cuerpo para no sufrir”, no sé. No digo q no sea cierto q todo se acabe tarde o temprano, particularmente yo espero q no todo tenga fecha de caducidad, pero me ha hecho pensar…

    Me encanta leerte. Un abrazo.

  2. Valentina

    Hola Alena, me encanta leer tus reflexiones, porque son de estas que cuando las lees dices: “coño, si es verdad?”.
    Además te confieso que estoy bastante harta de tanto buenismo y buenas palabras! Tu forma de decir las cosas es mucho mas realista y concreta! Me alegra haberte descubierto…. Un abrazo

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