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Calienta

Nunca he sido de esa gente que disecciona las situaciones en busca de la señal que quieren para sentirse correspondidos. Sin embargo, se me había hecho tan extraña la situación que, en las vueltas y vueltas que le daba, no había podido ocultársela a algunos de mis mejores amigos.

- El problema no es tu falta de malas intenciones. Lo cierto es que, de siempre, a mí me han disgustado más las cosas que la gente me hace sin querer, que cuando me hacen alguna putada a propósito. Si fuera intencionado, tendría algo a lo que aferrarme, algo que me hiciera ver una causa, aunque fuera infantil, absurda u oscura, por la que me merezco que me hayan hecho algo malo. Una razón para enfadarme. Ahora bien, quien hace daño sin querer es porque, simplemente, no se ha detenido ni un segundo a pensar en que, con su actitud, pudiera herir los sentimientos de las personas a las que quiere. Además, si lo hubieras hecho a propósito, ya es que sería el colmo, ¿no crees?

Me miró como si estuviera mal de la cabeza, como si todo lo que estaba diciendo careciese de sentido y yo no fuera sino un ser posesivo y celoso que se había montado una película en la cabeza. O en las tripas. O en el corazón.

- Pero si yo no sabía nada de esto ni de tus sentimientos, ¿cómo iba a saber que te iba a molestar tanto?

Una vez más, aferrándose a lo mismo. Poniendo carita inocente. Me habría gustado romper algo, pegar un puñetazo a la pared, pero seguro que habría parecido que sobreactuaba. Una frase hecha, no hay más ciego que el que no quiere ver, luchaba por escapar de entre mis labios. Pero con un certero empujón de mi lengua, la arrojé hacia mi garganta y me la tragué antes de continuar.

- Tal vez no podías llegar a ese “tanto”. Pero creo que todos conocemos, en cierta medida, los límites que no debemos cruzar para no generar malentendidos. Sobre todo, entre buenos amigos. Así no pasan estas cosas. Tú los has cruzado. Yo te he dejado cruzarlos debido a mis sentimientos y no voy a negar mi parte de culpa en todo esto. Aunque te he dejado hacerlo siempre con cierto recelo, ya que tu actitud no me acababa de encajar del todo. Pero tú, ¿por qué lo has hecho?

Calló. Mientras miraba su aturdida y casi candorosa expresión no podía dejar de pensar en aquella extraña actitud y en cómo había ido cambiando nuestra relación. En lo bien que nos habíamos llevado cuando nos habíamos conocido. En cómo, cuando empecé a notar que mis sentimientos estaban cambiando, habían empezado aquellas extrañas actitudes: hablando demasiadas horas a golpe de Whatsapp de madrugada, normalmente después de que nos hubiéramos despedido del grupo, hecho camino hasta el portal y pasado demasiado tiempo a pesar del frío charlando allí de demasiadas cosas, demasiada intimidad; en la actitud demasiado cercana, demasiado sentida, demasiado cariñosa, demasiado rara, en definitiva. Además, por iniciativa suya casi siempre. Yo, en mi debilidad, le seguía el juego. Pero sí. Era todo demasiado raro, demasiado inadecuado para una simple y buena amistad. Para dos personas que son nada más que buenas amigas. Nunca he sido de esa gente que disecciona las situaciones en busca de la señal que quieren para sentirse correspondidos. Sin embargo, se me había hecho tan extraña la situación que, en las vueltas y vueltas que le daba, no había podido ocultársela a algunos de mis mejores amigos. Al relatarles la historia, su conclusión era siempre la misma: ¿Pero de verdad tienes alguna duda? La gente no hace eso más que por una razón.

Pero yo había seguido sin tenerlo claro. Y menos mal.

- Sí – me concedió, aunque seguía usando ese suave tono de voz que ahora me sacaba de quicio —, es posible que me haya acercado demasiado. Pero precisamente porque no pensé que pudiera haber algún malentendido a este respecto. Con todo lo de tu ex, tan reciente…

- Pues yo no creo que haya sido por eso –corté con gravedad-. Te puedo conceder que no te hayas dado cuenta de cómo me sentía yo, vale. Aunque a mí eso no me quita el disgusto, entiendo que, de haberlo sabido, no habríamos llegado a esta situación. Pero tener esa actitud no es ni medio normal, quieras algo o no. ¿Por qué cruzar los límites y arriesgarse a malentendidos con alguien que aprecias por simple deporte? Yo creo que hay algo de ti que desconoces y te lo voy a tener que decir. Todos, con nuestra actitud, realizamos de manera inconsciente alguna manipulación. Nuestros gestos, lo que decimos, lo que hacemos y lo que no, buscan siempre satisfacer alguna necesidad emocional. Y después de observarte todo este tiempo, creo que la forma en la que te mueves, pasándote de los límites de lo políticamente correcto en la amistad, jugando a la seducción, obedecen a una estrategia para cubrir tus necesidades de atención. Y por eso, dices y haces cosas que crees que sientes pero que en realidad apenas piensas. Atraes la adoración de los demás con esa actitud halagadora, protectora y a veces íntima, y consigues que la gente busque después en ti ese halago y esa atención. La verdad es que me habría gustado darme cuenta antes. Y ser consciente de que no valorabas lo bastante nuestra amistad como para no hacer ese juego conmigo. Porque, a pesar de que no sabías nada de mis sentimientos, sí sabías que estaba en un momento muy vulnerable. ¿O de eso tampoco te habías dado cuenta?

- A mí me parece que estás sacando las cosas de quicio.

- Posiblemente – concedí con frialdad-. Al fin y al cabo, esto que te digo es mitad pensamiento, mitad sentimiento, y no puedo comportarme con toda la objetividad que desearía. Pero en una cosa sí que creo que puedo ser objetiva. Y tú también. ¿Sabes cómo nos llaman a las tías cuando hacemos esto?

- ¿Cómo? – me preguntó él.

Venga ya. ¿En serio?

-  Calientapollas – respondí muy despacio y sin pestañear.

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Enviado por: LlysDon

Os recordamos que este texto pertenece a la sección “DÍA 1″: puedes enviar tu relato al mail dia1@intersexciones.com y podrá salir publicado.

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“Todo es mitad pensamiento, mitad sentimiento.”

7 COMENTARIOS

  1. EspoirEspoir

    Vaya, creía que yo era la única mujer pagafantas del país. Y no. Felicidades, muchacha, por tu claridad y por ser tan directa. Independientemente de los sexos, hay un montón de gente confundida y pusilánime por ahí suelta. Pero una vez identificados, no hay más que enviarlos a que les quiera su madre y seguir con tu vida. Muy fan.

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