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Relaciones

Cada uno de enero

Entregarse a esa idea loca y obsesionarse en sacarla adelante le costó a mi padre una familia.

Cada uno de enero ahogo la resaca en espidifén y me acuerdo de mi padre. Nunca falla. Hago balance, y como la ha cagado tantas veces en su vida no puedo evitar pensar que somos igualitos. Vaya por delante que mi padre es un tipo cojonudo, en el sentido de que ha hecho siempre lo que le ha salido de los cojones. De ahí que la vida le haya llevado hasta Valencia donde es feliz tocando los cuencos tibetanos para grupos. Por lo visto no lo hace nada mal. Me lo imagino ahí, tocando sus cuencos en una sala en penumbra abarrotada de correligionarios macrobióticos y al tiempo que me visualizo cualquier sábado por la noche poniendo discos en un bar (una de mis mayores aficiones). El paralelismo me da cosica.

Al fin y al cabo, mi padre siempre será mi padre. Le quiero, le respeto y todo ese rollo, pero hay que reconocer que tiene (tenemos) unas pelotas que no caben en una carretilla. Es un destino del que siempre he renegado y que me alcanza en plan “La Nada” de La Historia Interminable. Corre Fuyur, vuela como el viento cabronazo. Pero yo tenía un plan. Pensamientos trascendentales y visionarios para escaquearme de ese futuro.

Con “pensamientos trascendentales y visionarios” me refiero a esos que le balbuceas de adolescente, kalimotxo en mano, al sufrido colega de turno. O lo que era peor, las perlas que les sueltas a tus primeros ligues con tal de parecer guachi y que te dejen tocar teta (así es darlings, yo antes ligaba). Básicamente el discursito arrancaba con lo mal que se lo ha montado mi viejo en casi todo, pero especialmente en el terreno sentimental, y lo mucho que tenía que aprender de sus errores para no volver a caer en ellos. A quedarme con sus virtudes (que son muchas) y sumarlas a las de mi madre (que son otras tantas). A evolucionar al hombre maduro tope molón que planeaba llegar a ser. Payaso, si te oigo hoy te pego una yoya que te tiemblan las orejas.

¿Que cómo de mal se lo monta mi padre? Pues MUY mal. Su caída empezó con la loca idea de crear una máquina para organizar el tiempo. Irónicamente, invirtió miles de horas en algo que en un par de años se habría visto sustituido por una simple hoja Excel. Creó un prototipo con una pequeña impresora que sacaba una hoja como la de los tickets de los supermercados. Un estrecho trozo de papel que te informaba de las horas que podías dedicar a pasear por el jardín, por ejemplo. Obviamente, nunca llegó a comercializarlo, pero entregarse a esa idea loca y obsesionarse en sacarla adelante le costó una familia. Se da la circunstancia de que en los últimos meses me he visto engullido por mi propio entusiasmo, y me he metido en más o menos media docena de proyectos que creo que van a funcionar de puta madre. De hecho si no funcionan un par de ellos me meto un piñazo de mil pares. Me cago en Darwin. Una vez más me he visto reproduciendo el baile de mi padre paso a paso y dejando de lado a personas que me importan muchísimo y a las que probablemente pierda por no dedicarles la atención que merecen.

Y aquí estoy yo, tropezando con la misma piedra evolutiva una y otra vez. Tengo el mapa del camino con las trampas marcadas en rosa fosforito y ni aún así. Me dirijo a ellas como un mosquito hacia la luz azul que acabará con su zumbido. Identifico su criterio en cada una de mis decisiones importantes de una manera que no puedo evitar ni explicar, y eso me pone de muy mala hostia, porque mi padre es un tío muy auténtico, pero es un egocentrista de manual.

Cada uno de enero mi padre se despertaba muy pronto para ser el primero en llegar a la apertura del funicular del Monte Igeldo en San Sebastián. Creo que ha sido de las pocas veces que ha alcanzado sus objetivos. Coleccionaba el billete número 00000 de cada año. Subía al monte en el funicular, se daba una palmadita en la espalda y bajaba satisfecho. Volvía a casa y seguía con la misma actitud que el año anterior, pero con otro billete para su absurda colección. Te quiero aita, pero no puedo seguir tus pasos ni un minuto más. Uno de enero. Toca autoengaño. Toca decirse que la lección está aprendida. Que este año le doy la vuelta.

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númerocuatroPor
númerocuatro

Lo único que sabe hacer bien es aguantar sobre la nariz un palo haciendo equilibrio. Lo aguanta mogollón de rato el cabrón. Del resto de cosas no tiene ni idea pero le pone ganas siempre.

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