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Buscando respuestas

Mientras esperaba sin esperar, saqué cada uno de los vestidos que había metido en una maleta. ¿Para qué? Ni idea. El exceso forma parte de mi vida, imagino que mis maletas también lo son…

Salí de Madrid una tarde, bueno no, mediodía, de viernes. Había decidido que era el momento. Mi mente, mi corazón y mi cuerpo me pedían a gritos que lo hiciera. Durante tiempo me pudo el miedo, no sabía si estaría bien hacerlo, ¿qué me encontraría?, ¿cómo sería?…aunque una voz interior me susurraba de vez en cuando “hazlo, hazlo”.

Cuando tomé la decisión me di cuenta que había vuelto a ser yo, esa mujer que no se queda sentada esperando sin luchar por lo que quiere, esa que intenta todo –pase lo que pase-, esa que hace locuras cuerdas…

Me eché a la carretera, sola y con mil cosas rondando en mi cabeza. Decidí no pensar, aunque no lo conseguí, porque con cada kilómetro que dejaba atrás la posibilidad del encuentro estaba cada vez más cerca. Más miedo. Más nervios. Más no saber.

Llegué. Cansada y somnolienta. Parecía mentira que 5 horas más tarde estuviera respirando su mismo aire y viendo su mar. Era una de las cosas que quería sentir. Desde el otro lado tomé posesión de mis aposentos. Traté de tranquilizarme (no lo conseguí, claro) y me senté en la cama de una habitación que miraba a la bahía. Entonces lo hice: cogí el teléfono y escribí. Sin dudar le di a enviar y pensé “bueno querida, está hecho, no hay vuelta atrás”.

Mientras esperaba sin esperar, saqué cada uno de los vestidos que había metido en una maleta. ¿Para qué? Ni idea. El exceso forma parte de mi vida, imagino que mis maletas también lo son… Colgué cada uno y de pronto “cling” llegó la respuesta. Corazón a mil, mucho más que al enviar, muchísimo más.

Días sin hablar, días de silencio matador que de pronto volvieron a dejar de estar vacíos. Estabas al otro lado. Sin reproches, sin todo lo que había pensado que podría pasar, al contrario. Estabas y querías, pero no podías. Sabía que ir sin avisar podría tener ese efecto, pero me arriesgué, no quería que me frenaras…Pero no estabas al otro lado desde donde yo miraba, estabas más lejos, pero no tanto como días y kilómetros atrás.

Tenía tanto miedo de que no quisieras verme, que cuando descubrí que sí, sentí que sólo por eso mi viaje había merecido la pena. Pasara lo que pasara.

Ya que estaba allí, lo mejor que podía hacer era irme a cenar y elegí el pueblito de al lado. Me senté, tomé una copa de vino blanco y cené. Comenzaba otro viaje.

Me levanté, al amanecer. Me esperaba un largo día (esperaba que sólo largo y no duro) y decidí que la mejor manera era irme al mar. Llegué a una playa prácticamente desierta. Sí, fui la primera en pisarla y en mirar al horizonte iluminado por los colores dorados del sol que asomaba. Paseé y encontré un rincón, casi oculto y me senté. Mucho tiempo. No se cuanto, pero mucho. Sólo se que me permití sentir mientras miraba el mar. Creo que alguna lágrima asomó, no se por qué, pero creo que por estar conmigo misma, algo para lo que a veces no tengo tiempo.

Ahí, en medio del silencio me di cuenta de lo que realmente había hecho. ¡Estaba allí! ¡Era real! Pufff…y cómo si estuviéramos conectados, “cling”: “gira a tu izquierda y ve al final de la playa, largo…verás la ciudad más de cerca.” Tú, en la distancia, paseando conmigo. Sonreí, mucho y enfilé hacía la izquierda. Recorrí la playa de punta a punta, sola, en calma, como el movimiento del mar, mientras miraba de frente a una ciudad que no conocía pero que sentía que gracias a ti, sí conocía.

Creo que ese sábado fue uno de los días más raros de mi vida. Estoy acostumbrada a estar sola, a pasear sola por las ciudades que a veces recorro, pero allí era diferente. Una vez más, íbamos a destiempo.

Lo tomé con calma, no podía hacer otra cosa más que tratar de estar en calma. Lo conseguí a ratos, algo sorprendente en mí. Tomé la barca y crucé la bahía, sintiendo el aire en la cara. ¡Qué gran sensación! Llegué al otro lado para descubrir una ciudad preciosa, llena de luz y recorrer los lugares que tú recorres. Era como pisar sobre tus pasos, una sensación rarísima. Ver lo que tú ves cada día, pasear por donde paseas, estar donde estás…Rarísimo…

Del puerto seguí las indicaciones que me habías dado para comer, aunque hubiera preferido mil veces hacer ese camino contigo, tenerte sentado en frente de mí comiendo y riendo, como tantas veces habíamos dicho que queríamos hacer. De nuevo la pregunta de la noche anterior se repetía. “-¿Para cuántos es las mesa?, -Para mí sola. -¿Sola? –Sí, gracias.”

Mientras comía pasaban las horas de mi segundo día allí, esperando una respuesta, una hora, un sitio, una cita…pero no llegaba. Cada minuto me llenaba de desesperación, me ansiaba y trataba de controlarme disfrutando de la comida, del vino y del paseo posterior, paralelo a la playa. Y otra vez esa sensación extraña, topándome con lugares que he visto a través de tus fotos… Nervios y más nervios…

Paseé, de nuevo hasta otras playas, viendo casas maravillosas, descubriendo rincones en los que te besaría si estuvieras al lado…Las 5 de la tarde pasaron a ser las 6, y seguía sin noticias. Las 6 se convirtieron en las 7 y se acercaba la hora en la que se suponía llegabas…Y yo sin noticias.

Me enredaba haciendo fotos, sentándome en bancos para tratar no sólo de descansar el cuerpo, también la cabeza. Observar mi alrededor pero aún así, no conseguí calmarme. Comencé a desesperarme. Deshice el camino, miraba cómo la batería de mi teléfono decrecía y sentía miedo. Miedo de que llegara la noche y volviera a estar sola sin verte, miedo de levantarme el domingo y volver a casa sin un minuto contigo. No era posible que estando tan cerca volviéramos a estar tan lejos, me preguntaba.

Pero no llegabas, ni tu ni tus noticias y me invadía poco a poco la tristeza y el desánimo. Había tenido tanta ilusión durante meses, había sido tan horrible el último mes y medio, que saber que querías verme y que ibas a hacer todo lo posible me había hecho crecerme. Pero ahí, sentada haciendo tiempo en una terraza del puerto, esperando, volví a sentirme pequeña.

Pagué y me marché. Crucé de nuevo la bahía, cada vez más desesperada, cada vez más agobiada y cada vez más triste. Y llegó el descontrol, ese contra el que llevaba luchando mucho. “No, de momento no voy a ir. Si puedo más tarde iré, pero ahora es no”. Cuando leí eso en mi pantalla, morí al igual que la batería de mi teléfono…

Y aceleré el paso, tenía que llegar y revivir.

Y la querida manzanita de mi teléfono que no aparecía. Por fin, volvía a tener batería y también una hora y un sitio. ¡Por fin! Creo que estaba tan cansada que eso me impidió ponerme a dar saltos en la habitación de mi posada rústica de piedra. Estaba tan nerviosa que estuve dando vueltas de un lado a otro como una leona enjaulada. Hasta que dije “ponte guapa nena, que ya es hora de que veas a ese hombre”.

Llegó la hora. Cerré con llave, bajé tres pisos de escaleras y salí a la noche. Paralela a la bahía bajo las estrellas me imaginaba, con ésta cabecita pensante y romanticona que me ha dado la vida, cómo sería ese primer encuentro. No era ni por asomo como habíamos planeado tantas veces. ¡Eso por planear!

Metida en mi mundo de pronto regresé a la realidad, cuando tú amablemente y en tu línea caballeresco-canalla casi me atropellas dándome un susto de muerte. ¡Por Dios, mátame después al menos!

Y sonreíste. Y te bajaste de la moto y me diste dos besos y nos miramos, que ya era hora, y entonces sonreí yo también. Tenerte delante y pasear contigo de noche, ha sido lo mejor que me ha pasado en los últimos meses desde que te conozco. Cumpliste una de las cosas que siempre me decías: hacerme sentirme bien y cómoda en nuestro primer encuentro. Gracias, sin duda.

A pesar de mis nervios, me reí mucho, como siempre hago. Nerviosa y muy feliz decían mis ojos según tus palabras; sí, la sensación que me invade desde que te conozco, pero sobre todo feliz. Hablamos, mucho y civilizamente como creo que nos hacía falta; fuimos sinceros, como lo hemos hecho siempre; nos miramos mucho y nos tocamos poco, conteniéndonos tanto…

No me esperaba ese beso, pensé que no llegaría y menos allí, pero llegó y confirmé lo que sabía hace meses: “estas perdida querida, perdida”.

Hubiera pasado esa y muchas otras noches más contigo, pero todo tiene su ritmo y llega cuando tiene que llegar, cuando surge sin que se fuerce. Estoy serena porque confío en que todo irá rodando sin darnos ni cuenta. Quiero más besos, muchos más, sin contención y con pasión. Quiero verte y pasear contigo y hablar contigo y reír contigo y todo lo que se nos ocurra contigo, pero llegará, con la misma calma que el mar esa noche nos acompañaba de vuelta a ese otro mundo que no es el nuestro.

Sabía que a mi vuelta escribiría. Que convertiría en palabras todo lo que sentí en ese fin de semana conmigo, y en parte contigo, para recordarlo cuando, de pronto, me entre el miedo, el ansia y las ganas. Ya tengo respuestas.

Quien me conoce dice que he sido valiente por enfrentarme sola a este fin de semana, para mí no es valentía, para mí es estar segura de lo que uno quiere. Cuando eso pasa, no importa el tiempo, el espacio y la distancia, sólo importan las ganas, tu y yo.

Ahora sólo quiero vivir esto y vivirlo contigo.

Gracias amor.

_________________________________________

Enviado por:  Ruth Martin.

Os recordamos que este texto pertenece a la sección “DÍA 1″: puedes enviar tu relato al mail dia1@intersexciones.com y podrá salir publicado.  

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7 COMENTARIOS

  1. Avatar de Olgahb herrera buenoOlgahb herrera bueno

    Al leerlo me han venido recuerdos de muchos años atrás y momentos,si no iguales,muy parecidos.Necesito blogs como éste,que me hagan sentir algo y me saquen de la crisis de “no encontrar nada que leer” que pueda motivarme.Gracias.Y un abrazo ya coloreado por el color del número 13.Será un año feo,pero lucharemos para darle tonito.

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