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Sociedad

Amor en código binario

¿Cómo vamos a echarnos de menos? Si siempre estamos ahí, incluso cuando no estamos.

El móvil de mi pareja murió la semana pasada en un kayak. Le pudo la emoción de la aventura o tal vez es que le había llegado la hora, lo del agua no me lo trago, esos trastos podían caerse al váter y seguir funcionando.

La cosa es que ahora estoy de luto. M era la única persona de mi círculo que aún no tenía un smartphone, una especie en extinción, igual que su Nokia 3310 (el de las teclas de goma que se encendían cuando te llamaban). Durante dos años fui una mujer afortunada, a mí mi novio todavía me mandaba SMSs, incluso de vez en cuando podía hacer una “perdida” para avisar de que salía de casa. Era casi como vivir con una pieza de museo. Un día alguien organizará una exposición en el CosmoCaixa sobre los usos y códigos de comunicación tecnológica (1990 – 2030), y ahí estaremos todos para dar rienda suelta a nuestra nostalgia.

Voy mucho en tren y el otro día me quedé embobada mirando a una pareja, llamémosles Pepe y María. Pepe y María subieron al vagón cerca de las 19.30h, iban cogidos de la mano. Se sentaron juntos, muy juntos, en asientos contiguos, y por un brevísimo instante se miraron con complicidad. Acto seguido Pepe sacó su iPhone, también María, y las miradas de complicidad desaparecieron. Es más, desaparecieron todo tipo de miradas puesto que en los cuarenta minutos siguientes la pareja no despegó la vista de sus  4.7 pulgadas de tecnología táctil.

“Nos rodean sucedáneos de relaciones reales” se me quejaba una buena amiga. No le falta razón, ya que ahora podemos vivir toda una relación en una semana y sin despegarnos de nuestras pantallas de retina, sin conocer siquiera en persona a quien nos habla desde el otro lado. ¿Para qué? Su perfil en redes nos dirá todo lo que necesitamos saber.

¿Os acordáis de cuando una llamada perdida significaba “pienso en ti”? ¿O cómo un mensaje de texto podía hacernos sonreír a las dos de madrugada? Esas cosas ya no pasan, y no pasan porque estamos demasiado disponibles. Pierde sentido preguntarte que has desayunado si ya lo he visto en Instagram, o qué opinas sobre las últimas elecciones si te he leído en Facebook. No hace falta que me digas que película fuiste a ver anoche puesto que lo documentaste en Twitter. Pero si incluso sé que canción has escuchado de camino al trabajo porque me lo ha chivado Spotify.

Vivimos en la rutina de la comunicación instantánea servida con frases descafeinadas. Nos ha absorbido la cultura de la inmediatez, al parecer nos hemos vuelto intolerantes a la espera. Y así ¿cómo vamos a echarnos de menos? Si siempre estamos ahí, incluso cuando no estamos. Por si no fuera ya suficientemente difícil cuidar una relación, nuestro smartphone ha contribuido a que nos demos por sentado.

Nos gusta creernos únicos, especiales. Qué bonito es eso de salir a fumar al balcón con tu copa de vino. Yo lo hago de vez en cuando. La próxima vez mirad a vuestro alrededor, a ver cuántos balcones como el vuestro están ocupados por personas exactamente iguales a vosotros haciendo precisamente lo mismo y del mismo modo. Y lo mejor de todo, a ver cuántos de ellos se toman una selfi en el proceso para luego dejar que el cigarro se consuma y el vino se caliente mientras escogen el filtro adecuado y la frase para firmar la foto. No, la realidad es que en ese sentido no somos únicos ni especiales. ¿Cómo íbamos a serlo? Bombardeados por mensajes subliminales que nos dicen qué consumir, vestir y opinar y, lo que parece más importante, el modo de mostrárselo a lo demás.

Todo está al descubierto, todo está disponible y todo debe estarlo para corroborar que existes, que eres “alguien”, Facebook se ha convertido en nuestra nueva partida de nacimiento. Parece que no haya vida más allá del móvil y el papel que interpretamos en redes. Y con todo eso nos hemos vuelto adictos a ver qué hace el vecino. Vivimos ávidos de vidas ajenas mientras buscamos excusas para no tomar las riendas de la propia.

Pero a mí lo que de verdad me preocupa es lo rápido que evoluciona todo esto. Mi hermana de quince años me contaba las historias de su primer ligue. “Después de dedicarme un vídeo en Snapchat me escribió y le dejé un visto, a ver si así más tarde volvía a abrirme.” No entendí una palabra. Lo suyo es comunicación virtual mientras que mi generación a esa edad iba a pasear al parque.

Estamos a nada de pasar de ser individuos a pantallas de iPhone. Señores académicos de la RAE, vayan preparando palabros para su nuevo diccionario. Yo me niego a tener que decir “te quiero” en código binario.

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Alexandra SenPor
Alexandra Sen

Nací en Kiev y tengo un gato llamado Pushkin. Licenciada en Historia, reparto mi tiempo entre libros, copas de vino y labores editoriales.

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2 COMENTARIOS

  1. Avatar de María SavageMaría Savage

    Confieso que he caido en esta clase de amor casi virtual… y que echo de menos los besos, las intrigas, los nervios y charlas a la cara, las llamadas al teléfono fijo y el cogerse de las manos al volver a casa…
    Leer este post me ha dado fuerzas para intentar recuperar aquello que me gustaba, aquello real!

  2. Ainhoa

    En mi caso, las tecnologías son una salvación. Desde hace más de un año mantengo una relación a distancia Chile – España, y no me imagino la manera en la que podría funcionar sin estos avances. Seguramente algunos años atrás podría haber sido una gran historia de amor con envíos postales inter-continentales, pero creo que me gusta más esta versión del siglo XXI.
    Desde mi punto de vista, el problema no es la existencia de esta tecnología, sino la cadencia con que la utilizamos. A nadie le hace daño un ”Buenos días” por la mañana, ni un ”Qué tal ha ido tu día” por la noche, tras haber vivido tu jornada sin prestarle mucha atención al móvil. El problema reside en las personas que están (o estamos, algunas veces no me libro del pecado) todo el día conectadas, por un lado. Y por el otro, la importancia que se le da a esta otra ”realidad”. Es decir, que se le dé mas importancia a un ”Me gusta” en alguna de las redes sociales que a una mirada de complicidad, de esas que tu hablas, de esas que dicen mucho más que cualquier palabra.
    Una opinión.

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