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Relaciones

A la mierda

La de regalos innecesarios, tiempo malgastado, y compromisos irritantes que nos podríamos ahorrar si empezáramos a ser menos adecuados.

No me merezco los padres que tengo. Y no lo digo en un falso ataque de humildad. Yo les debo taaanto a mi padre y a mi madre… Exactamente 161.522,18€, céntimo arriba céntimo abajo, y sólo en concepto de inversión educativa. La enseñanza privada y católica, aunque predique el ejemplo de un señor que aconsejaba vivir en la pobreza, paradójicamente no es barata. Una de mis fantasías preferidas consiste en decorar en blanco y madera el casoplón en el que podría haber vivido con mi familia, si mis padres no se hubieran emperrado en darme la misma educación que Benedicto XVI.

Y no entiendo cuál ha sido el motivo de tanto derroche en mi formación sacra. Dudo mucho de que mis progenitores tuvieran la esperanza de que algún día en mi nombre se encendiera una fumata blanca. Seguramente algo diabólico vieron en mí, y pensaron que la mejor manera de contener esa semilla sodomita sería haciéndome crecer entre sotanas y crucifijos. Bueno, también creyeron que sería buena idea invertir en preferentes de Bankia.

Aunque no todo el dinero dedicado a mi educación ha caído en saco roto; gracias a mis años de docencia cristiana, he logrado controlar esa mala hostia heredada, y sin llegar al extremo de poner la otra mejilla, sí he conseguido morderme la lengua, y especializarme en el arte de mandar a la mierda. De mandar a la mierda sin nombrar el lugar de destino, por supuesto. No quisiera traicionar mi educación de colegio de pago.

Estoy muy liado. Voy a tope de trabajo. Cuando tenga un momento te llamo…Frases eufemísticas acompañadas de una sonrisa sobreactuada que conforman un código fácilmente descifrable. Un código que permite ser descortés sin llegar a la grosería.

Pero un día la corrección política me pilló con la barrera bajada. Salía de casa con prisas, recién levantado de una siesta que se me había ido de las manos, y contando los minutos para calcular a qué hora podía volver a mi hogar y meterme de nuevo en la cama. A 3 metros de la portería me crucé con él: el Gilipollas más pesado que he conocido nunca, demasiado soberbio para entender que un “no tengo tiempo para quedar” es un “no quiero volver a verte en mi vida”, y por eso había venido a mi encuentro, sin avisar encima. “Vete a la mierda”, le solté en la cara. Su reacción fue más escandalosa de lo que esperaría de se semejante gilipollas vanidoso herido en su amor propio. Empezó a insultarme sin parar a un palmo de mi oreja izquierda, en medio de la calle, mientras yo me dirigía hacia mi moto repitiendo como un mantra: “A la mierda. A la mierda. A la mierda”…

Nunca me había sentido mejor persona. Ni rezando tres Ave Marías. Ni confesando mis tocamientos al padre Mariano. Ni recolectando Barbies medio calvas para niñas en la indigencia. No sólo había liberado a la bestia atrapada en la red de los modales de colegio de pago, sino que había hecho justicia. Le había indicado el camino a casa a un gilipollas que seguramente tendría a más víctimas que como yo, no se habían atrevido a mandarle a la mierda.

Qué maravilloso sería poder ser sincero en todos esos momentos en los que las buenas maneras nos impiden liberar las palabras que nos gustaría pronunciar realmente.

- ¿Alguien tiene algo que decir sobre este matrimonio?

- Sí. El padrino se ha tirado al novio y yo lo tengo grabado en vídeo .

- ¿Qué me parece tu bebé? Es lo más feo que he visto salir de un vientre desde Alien, el Octavo Pasajero.

La de regalos innecesarios, tiempo malgastado, y compromisos irritantes que nos podríamos ahorrar si empezáramos a ser menos adecuados e intentáramos ser más auténticos. Porque desde ese día he descubierto que no hay manera elegante de mandar a la mierda a alguien, como no hay manera fina de comerse un bocadillo de calamares.

La cueva de la felicidad no se abre con un “ábrete Sésamo”. Son 3 palabras mucho más sencillas:

A la mierda.

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